¡Buen provecho!


Seguimos hablando de que el crecimiento económico se ha estancado y de la necesidad de recuperar los índices de hace unos años, sin darnos cuenta de que es precisamente ese crecimiento ilimitado el que nos ha impedido construir, a estas alturas del siglo XXI, ese mundo más justo y solidario que a la postre se ha quedado en mera utopía literaria.
De nuevo estamos en Navidad y constatamos que muchos ricos de antaño, aquellos que aún no han muerto, son hogaño mileuristas; y que los descendientes de aquellos que se creyeron desheredados acaparan hoy el poder político y por ende el económico. El mundo parece obedecer a una ley de turnos, no escrita, que da a distintos grupos la oportunidad de mandar, sentirse alguien por un día y pasar fatalmente a repetir, antes de caer, todos los errores históricos de la condición humana.
Pero en esta Navidad, en la que discutimos en Copenhague el futuro de nuestro planeta amenazado, hay un turno que sigue sin producirse; hay un inmenso grupo de población humana que allá abajo, en África, en América Latina, en el Sudeste Asiático, sigue sin alcanzar lo que sería su primera oportunidad no ya de mandar, ¡por Dios!, ni de decidir la más nimia de las cuestiones que el mundo tiene planteadas, sino de ser apenas dueño de su propio destino.
Estamos deslumbrados, a pesar de la crisis relativa que en Occidente sufrimos, por las iluminaciones navideñas, el repicar consumista de millares de jingle bells y los preparativos para la gran Fiesta del espíritu que hemos tornado en profana; y una vez más nos olvidamos de esos grupos formados por millones de hermanos nuestros sufrientes que jamás tuvieron una oportunidad. Nos olvidamos de la explotación que de sus gentes, pueblos y riquezas hemos venido realizando durante siglos, desde nuestro Norte avaricioso. Son magníficos, sin duda, los monumentos que exhibimos en Europa y en los demás países del mundo desarrollado, máxime en estos días en que los vemos iluminados por billones de kilovatios; pero olvidamos que los construimos con sangre de esclavos africanos y con riquezas arrancadas por la fuerza a esos pueblos que hoy llamamos Tercer Mundo.
Deberíamos avergonzarnos de lo que hemos hecho con nuestras conciencias; de que en esa rica ciudad de Copenhague estemos estos días debatiendo sobre la forma de luchar contra el cambio climático, a costa de los más pobres. Deseo que disfrutemos de los turrones en nuestro mundo rico, pero ante todo deseo que la leche de las madres del Tercer Mundo siga manando de sus pechos y que sus bebés, por lo menos ellos, dejen de morirse de hambre en Nochebuena.

© 2009 José Romagosa Gironella

Artículo publicado por el diario La Tribuna de Ciudad Real, el 14/12/2009

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