Fe cristiana y fe democrática


Esta reflexión es la de un cristiano demócrata. Quien no sea ambas cosas no podrá suscribirla, pero le conviene por lo menos leerla, dada la alta proporción de españoles que profesamos a un tiempo una y otra creencia.
Si iniciamos la meditación por nuestra fe religiosa, observaremos que la mayor parte de los cristianos no la supeditamos a la mayor o menor perfección de la práctica que hacemos de ella: reconocemos que nuestra Iglesia, esa «asamblea» católica formada por sacerdotes y seglares, ha desarrollado una misión civilizadora de valor incalculable, pero también ha errado hartas veces porque está construida con material humano. Las lamentables historias de los cismas, de la Inquisición o del reprobable comportamiento de algunos cristianos – de los Papas abajo – no nos han hecho perder la fe, porque entendemos que por encima de esa Iglesia está la doctrina de Jesús, y ésta es perfecta e incuestionable. Lo único imperfecto que pudiéramos encontrar en el mensaje que nos transmite el Evangelio, se debería, en todo caso, a enmiendas o corolarios añadidos a posteriori por el hombre. Que la Iglesia pidiera un día perdón por su condena a Galileo, o que lo pida en el futuro por otros errores más recientes, en nada debe hacernos cuestionar nuestra fe en Jesucristo, ni la bondad universal de su Palabra.
A este columnista le pegaron mucho algunos padres escolapios en su edad escolar, pero no por ello deja de reconocer las buenas enseñanzas que le inculcaron. No le pasó lo del escritor Javier Reverte, que niega la exisencia de Dios simple y llanamente porque – cito aquí sus palabras – «los curas me hicieron ateo a hostias». ¡Qué falta de discernimiento en un hombre tan inteligente! ¡Qué trágica incapacidad de disociar entre lo divino y lo humano!
Y si continuamos la elucubración y examinamos nuestra fe democrática, constataremos prácticamente lo mismo; es decir, que creemos en un sistema que consideramos el mejor para el gobierno de los pueblos, o cuando menos el menos malo, a pesar de que todavía no hayamos logrado ponerlo en práctica limpiamente. El sistema podría ser perfecto sobre el papel, pero es el hombre el culpable de las guerras devastadoras que bajo tal sistema se han desencadenado y de que el abismo entre ricos y pobres sea cada día más profundo. Y, no obstante, seguimos creyendo en la democracia y llamando reaccionarios a quienes no luchan por ella. Si un político contesta «hoy no toca» ante la pertinente pregunta de un periodista, un presidente del Gobierno se niega a informar al pueblo sobre el pago de un rescate, o un ex presidente comunitario rehusa admitir que favoreció con millones de euros a la empresa de su hija, el creyente democrático no abjura de su fe; sólo lamenta profundamente que el sistema haya sido una vez más burlado.
Conclusión: disponemos de códigos magníficos e inmejorables, pero no cumplimos sus reglamentos. No es posible aspirar a una auténtica solidaridad humana sin Jesús, ni a una verdadera democracia sin demócratas.

© 2009 José Romagosa Gironella

Artículo publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el 07/12/2009 “Puntos sobre las íes”

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