La blasfemia envilece – Gobierno de España-


Hace un siglo, más o menos, la gente escupía en las calles de mi Barcelona natal.Tan grave era el problema que el Ayuntamiento se vio obligado a instalar “escupideras automáticas” de cabo a rabo de las Ramblas. Un servidor no las vio, porque no es tan viejo, pero pudo examinar después unas fotos amarillas que mostraban el ingenioso artilugio inventado por su abuelo; el cual constaba de una peana de un metro que se fijaba al pavimento y una jofaina con tapa en su parte superior. Una simple presión con el pie hacía que la tapa se abriera y que en la jofaina brotara un surtidor destinado a arrastrar a la alcantarilla todo escupitajo que cayera en su copa. Hoy, por suerte, ya nadie escupe en la vía pública y se puede pasear por las Ramblas sin sentir vergüenza ajena.
Ahora vivo en Castilla-La Mancha, y he de admitir con agrado que las calles están limpias de esputos y gargajos. Pero, ¡ah, amigo lector!, aún no hemos erradicado en la región la fea costumbre de escupir…blasfemias. Siento reparo en decirlo, por mi condición de manchego nuevo, pero es mi deber señalar que no casa la blasfemia con esas muchas cualidades que tan grata me hacen la convivencia con las gentes de esta Comunidad. Esta es, sin duda, la única odiosa costumbre contra la que a diario me revuelvo.
Si alguien se quiere c… en algo, el vocabulario español le ofrece un amplio abanico de sugerencias, tales como la mar salada, o la insulsa puta cal. Mi padre, cuando yo hacía una trastada, tronaba, en catalán, “¡me caso amb Dena!”, cambiando el verbo sutilmente, sin merma de su sonoridad; y en situaciones extremas, su exabrupto más fuerte, el que más lograba preocuparme, era “¡batúa listu!”, otra exclamación misteriosa que nunca pude descifrar. Tal vez sea el recuerdo de no haber oído a mi padre una blasfemia, lo que a ciertos coetáneos míos les ha faltado. Olvidamos a menudo que también lo malo se transmite.
Soy, no obstante, de la opinión de que quienes usan el nombre de Dios, el de la Virgen o el de la sagrada forma en sus desahogos verbales, no se dan verdadera cuenta de lo que dicen. No encuentro otra explicación en esas personas que blasfeman, incluso cuando están contentos, y caen a un tiempo en la incoherencia de confesarse creyentes. Y en tratándose de agnósticos, o ateos convictos (convencidos) y confesos, me parece inaceptable que blasfemen y ofendan con ello los sentimientos de quienes pensamos diferente.
Tal vez nuestro Gobierno, que tanto gasta en acuñar consignas “civilizadoras”, pueda usar la televisión para difundir algún mensaje parecido al título de esta columna.
 
© 2009 José Romagosa Gironella
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 16 de Noviembre de 2009.”Puntos sobre las íes”
 
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