Adiós a la “mujer de bandera”


Promediaba el siglo XX cuando la mujer lozana y llamativa, aquella de andares ondulantes que inducía a los hombres a volver la mirada y sufrir seguidamente el varapalo de la esposa, empezó a ser apodada “mujer de bandera”. Utilizamos el símil de la bandera, porque ese lienzo constituía el símbolo de la Patria, y ésta entonces ocupaba el escalón debajo de Dios. No había mejor adjetivo, pues, para describir a ese ejemplar de mujer, que aquel que hacía alusión al venerado tejido.
Mas hay que reconocer que ya no es metáfora apropiada en los tiempos que corremos. Comparar a una señora sin par con ese icono nacional que hoy se exhibe sucio y ajado, puede rallar en el insulto. Las instituciones públicas, ocupadas como están en otros menesteres, se olvidan de velar por la dignidad y aseo del símbolo que nos representa.
Las banderas del edificio de la Subdelegación del Gobierno en Ciudad Real, ofrecen un aspecto cochambroso; y lo mismo cabe decir de las que ondean en la fachada de Correos y en la de la Delegación de la Junta de Comunidades. Menos mal que las que flamean en el  balcón de la Diputación Provincial, en el Ayuntamiento capitalino y en la emblemática Plaza de la Constitución, se hallan en perfecto estado.
En algunos hoteles – el céntrico de “Santa Cecilia”, por ejemplo – el problema se agrava por la profusión de banderas asquerosas que “lucen” en sus fachadas. Si este columista fuera un huésped extranjero, pediría explicaciones a los respectivos gerentes por el agravio de consentir la transformación de mi bandera en un arapo repugnante.  
Parece llegado el momento de que la pulcritud de que hacen gala los hogares españoles, y las propias dependencias oficiales, se haga visible también en el exterior de ellos. Pero, aunque lo lográramos, el problema de las banderas que en estas lineas se denuncia no pasaría de ser un caso aislado, porque desde que vivimos el boom turístico España ha pasado a ser pábulo de los extranjeros que nos visitan, por la fea costumbre que tenemos de echar desperdicios en el suelo de los bares; lo que hace de nuestro país, también en este otro aspecto puntual, el más cochino del mundo.
Y volviendo a lo de arriba – las banderas – que es tema aún más sangrante que las guarrerías españolas en el bar, esperemos que llegue el día en que podamos ver nuestra divisa ondear, pulcra y resplandeciente, a lo largo y ancho del país. Ello nos permitiría volver a utilizar su nombre tras el sustantivo mujer, y recuperar la adjetivación castiza – ¡mujer de bandera! – que fue no ha mucho sinónimo de dama despampanante.

© 2009 José Romagosa Gironella

“Puntos sobre las íes”.
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el 29 de junio de 2009

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