La manita que surgió de un vientre


Corría el año 2002, el de los dos patitos, cuando un médico de Nashville decidió realizar la primera operación intrauterina de la Historia. Se trataba de salvar la vida a un ser humano de veintiuna semanas. En el transcurso de la operación, con el bebé dentro de la matriz materna (valga la redundancia), una mano diminuta surgió inesperadamente de la incisión practicada en la bolsa amniótica y se agarró a uno de los dedos enguantados del cirujano. Una foto de aquel maravilloso momento apareció días después publicada en la portada del New York Times, causando una gran conmoción entre los lectores. La misma imagen puede ser contemplada ahora en Internet por cualquier cibernauta dispuesto a emocionarse de verdad ante lo que este columnista sólo atina a definir como histórico suceso asociado al gran milagro de la vida.
En estos tiempos que vivimos, en los que muchos han perdido el respeto por las cosas sagradas y jugamos peligrosamente con los valores de esa revolución – el Cristianismo – que es “la mayor de las revoluciones que jamás haya llevado a cabo la Humanidad” (Benedetto Croce), la diminuta mano de aquel bebé sujetando la del galeno, encierra todo el dramatismo de un “S.O.S.”. A través de la tierna manita, el nuevo ser, todavía no alumbrado, parece decirle al médico que confía ciegamente en él, que espera que no le falle. Aún no puede calibrar la enorme suerte que ha tenido al caer en manos de un cirujano que busca salvarle la vida, y no en las de un desaprensivo que habría podido destrozarlo sin piedad y arrojar sus ensangrentados despojos a un contenedor.
Cuanndo nos disponemos a conmemorar la Pasión y Muerte de Aquél que nos enseñó a respetar la vida como bien supremo, todos los cristianos deberíamos dejar hablar a nuestra entraña, y ponerle la megafonía que merece para mostrar a los no creyentes que el hombre está formado de algo más que de una carcasa temporal; que hay derechos, como el fundamental Derecho a la Vida, que, “suba o baje el Turco” (como apostillaría Cervantes), siempre existirán, vengan o no reconocidos por las leyes.
Recogiendo la esencia de la Convención Internacional de los Derechos del Niño – “El niño, por su falta de madurez física y mental, necesita protección y cuidados especiales, incluso la debida protección legal, tanto antes como después del nacimiento” – alguien ha señalado que ese “antes” corre peligro si una sociedad tolera o promueve el aborto sin causa moral justificada.
Quienes por ignorancia, por la soberbia de pretender suplantar a Dios, o por la insensatez de escuchar a grupos de “asesores” en los que no hay un solo humanista, ni un simple abogado defensor del alma; instigan al aborto, pagarán y nos harán pagar a todos por su gran pecado. El cristiano, por su parte, tiene la obligación de confesar su filiación y de ejercer su “legítimo derecho a la objeción de conciencia contra leyes que, por oponerse al bien común, están y estarán privadas totalmente de auténtica validez jurídica”. Así lo dice textualmente esa encíclica – Evangelium Vitae – que recalca el hecho de que el Evangelio de la Vida está en el centro del mensaje de Jesús.
Somos mayoría, y esto deberían reconsiderarlo ciertos políticos pasajeros (siquiera por razones electoralistas), los que creemos en los valores inmutables que se fundamentan en la ley natural y en la Palabra de Dios. Y la Vida es el primero de ellos.

© 2009 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 16 de Marzo de 2009
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