El tiempo cíclico de la humildad


Rubén Abella, el joven finalista del último Nadal, elucubra en su novela “El Libro del amor equívoco”, sobre la circularidad de la vida. No entiende el tiempo como una línea recta, ni como una suerte de flecha que avanza hacia su destino, sino como algo que evoluciona trazando círculos. Posiblemente sin percatarse, el escritor reproduce la teoría de la Rueda Fatal enunciada por Toynbee. La Historia no deja de repetirse.
Efectivamente, de la paz surge la riqueza (incluso la ilícita riqueza del avaro que es causa de las crisis que cíclicamente padecemos); de la riqueza nace la soberbia; de la soberbia la guerra; de la guerra la pobreza, y de ésta, la humildad y la reflexión que vuelven a traernos la paz. Tal es el círculo marcado por esa implacable rota fortunae que dio origen a la filosofía cíclica.
Aunque lo que Abella nos relata se refiere a las relaciones de pareja, a un servidor le ha parecido metáfora de lo que sucede en el mundo, en la vida de cada uno de nosotros, y en la Historia. Hay una relación directa entre las vicisitudes de la pareja humana y los avatares repetidos que sufrimos colectivamente. “Todo es un continuo empezar”, explica al periodista que le entrevista para la revista Osaca. Y nos remite, para ilustrar su pensamiento, a un cuadro de Barceló en el que (sic) “aparecen representados unos pasos, unas pisadas, que arrancan en la lejanía, van aumentando de tamaño y se vuelven a alejar trazando un círculo casi perfecto”. No se podría expresar mejor esa recurrencia fatal que gobierna nuestras vidas.
Muchos temporeros españoles vuelven a hacer las maletas para vendimiar en Francia. De recibir en casa a jornaleros inmigrantes y del rechazo a recolectar la vid con nuestras propias manos, pasamos a repetir el viaje de nuestros padres y a emigrar de nuevo para recolectar uvas ajenas. Tras tratar a veces con desprecio al magrebí, al ecuatoriano o al rumano, volvemos a estar expuestos al potencial menosprecio de un viticultor francés. Lo que Toynbee nos señalara en los setenta, y ahora el finalista del Nadal, no es más que la permanente necesidad del hombre de recomenzar y regenerarse; pagando unos, por lo general, los pecados de los otros… y algunos propios. Estamos en los albores del implacable, pero siempre fecundo tiempo cíclico de la humildad.  

© 2009 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 24 de agosto de 2009
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