Palimpsestos


Las crisis económicas que hoy son coyunturales, fueron antaño algo crónico. Con excepción de los monarcas, aristócratas y magnates, que siempre han existido, el pueblo llano ha venido viviendo en la miseria desde tiempo inmemorial. También en los conventos, que malvivían del huerto, de los encargos paleográficos y de algún que otro legado, la precariedad era patente. No es de extrañar, pues, que tuvieran que borrarse textos de antiguos códices y manuscritos para escribir en ellos los nuevos. Así nacieron los “palimpsestos”, los códices que los monjes se vieron obligados a reutilizar durante siglos debido a la escasez de pergamino y de otros materiales escriptorios. Y así perdió la Humanidad millares de testimonios escritos de su pasado, aunque algunos, como el célebre Palimpsesto de Arquímedes, lograron rescatarse merced a las huellas dejadas por los textos originales en los viejos pergaminos o tablillas.
Quizá convenga explicar que esa rara palabreja deriva de las voces griegas palin (de nuevo, otra vez) y psáö (yo borro); lo que se tradujo en latín por “codicis rescripti” (libros reescritos). Técnica consistente, como puede verse, en eliminar algo de la Historia para inscribir otra distinta en su lugar. Lo cual nos lleva al punto al que quería llegar, que no es otro que el de constatar que lo que antaño se hizo por economía, hoy se hace por manipular, o sea, por esa fea costumbre de practicar el “yo borro” según convenga a cada quien. El helenismo de marras se ha utilizado, por afinidad, para llamar a Estambul “la ciudad palimpsesto”, porque, dicen, es urbe reescrita sobre antiguas crónicas borradas de la Constantinopla otomana. En la Turquía de hoy, ansiosa de europeidad, la Constantinopla corsaria, otrora terror de los mares, es un lastre para muchos. Y nuestra entrañable Cataluña, en su creciente fiebre “identitaria”, parece seguirle los pasos. Es como si se hubieran raspado los viejos textos que nos hablaban de una región que era un gigante catalán, y un gigante de España – como el monte Canigó glosado por Verdaguer – para escribir otros, que hoy se enseñan en las escuelas, en los que no se habla de España, la patria “gran”. Diríase que Cataluña, o mejor sus actuales gobernantes, han decidido volverla “petita”. La nueva España democrática, constituida muy deprisa en un Estado autonómico, corre el riesgo de convertirse en invertebrado reino de taifas.
La recia identidad que conformó durante siglos el “seny” de los catalanes viejos, y que un fecundo bilingüismo expresaba, se está viendo reemplazada por un nacionalismo ensimismado de cuyo origen, paradójicamente, podríamos responsabilizar a los catalanes de aluvión. La región del mundo que cuenta en su acervo con un mayor número de históricas ediciones del Quijote, parece estar a punto de rasparlas. La gran ciudad del Mediterráneo que recabó – ¡y obtuvo! – la ayuda de las demás regiones para la celebración de su exitosa Olimpiada, se muestra ahora celosa de un proyecto similar que la capital de España acaricia. La tierra de Maragall, Plá, Rodoreda, y de tantos otros literatos que se expresaron por un igual en catalán y castellano, quiere ser hoy monolingüe. Y yo, catalán viejo, rechazo la rocambolesca idea de una Cataluña Palimpsesto.

© 2009 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 17 de agosto de 2009
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