Carta a mi vecino de arriba


  Ya pasan del centenar los lunes en los que comparto página – esta “tercera” de La Tribuna – con mi vecino de arriba y colega en esto de opinar, don Luis Domingo Sánchez Miras, si bien, pese a dicha vecindad, sólo he coincidido con él en una única ocasión. No fue en el ascensor, ni al bajar la basura cuando le conocí, sino en un almuerzo que el director de este diario tuvo el gesto de ofrecer a sus colaboradores foráneos, es decir, a los que – lo digo sin retintín – no figuramos en nómina. Y fue en aquellas circunstancias, cuando nos convertimos por unas horas en compañeros de mesa y copa, donde pude descubrir su calidad de ameno conversador, disfrutar de sus ingeniosos relatos y dejarme sorprender por el caudal de conocimientos que embaula.
También es ésta la primera vez que me dirijo a él de forma epistolar, aprovechando el clima de complicidad que este espacio de opinión nos brinda. Y lo hago, en este caso, para estirarle cariñosamente de las orejas, porque, a veces, sólo a veces, con lo grato que es conversando, se me hace algo durillo escribiendo. Verbigracia, en el tono y en la letra de su columna titulada “Real indiscreción” publicada en este diario el pasado lunes, en la que versaba, no sin cierta acritud, sobre esos comentarios de nuestra Reina que a unos han escandalizado, y a otros, ¡viva la diversidad!, nos han parecido de lo más natural del mundo.
Si en lugar de S.M. Dª Sofía se hubiera tratado del señor Rajoy, del presidente Zapatero o de otra personalidad del barrio, me habría limitado a leer sin inmiscuirme la reflexión de Sánchez Miras, pero tratándose de nuestra Reina de la que soy devoto, me veo en la incapacidad de permanecer quedo.
Curiosamente, en el piso de abajo de la página en la que apareció su columna, se publicaba otra mía, titulada “¡Dios salve a la Reina!”, nada “vecina” en esta ocasión de la de mi admirado colega, porque sus opuestos contenidos sobre un tema tratado por ambos venían a situarla en las mismas antípodas de la suya.
Constaté, así mismo, que el editorial del periódico que podía leerse en la página de enfrente – la segunda – coincidía ampliamente con mi línea de pensamiento, y que en las páginas 8 y 9 de la misma edición la periodista Alicia González informaba de que “los ciudadrealeños abogan por la libertad de expresión de la Reina”. Tal noticia venía avalada por 16 de las respuestas recabadas a 18 ciudadrealeños encuestados, cuya identidad, profesión y fotografía se incluían en el reportaje.
Así las cosas y opinando honestamente que la severidad de mi colega pudo haber sido en este caso excesiva, me permito expresarle mi criterio de que deberíamos anteponer el valor auténtico de las personas al rol público, a menudo ingrato, que el destino caprichoso les ha llevado a representar; así como el sagrado derecho de toda persona a expresar sus convicciones a la hipócrita opción de silenciarlas cobardemente. Y conste que no repruebo a mi vecino, a quien respeto y admiro sin ambages: sólo he querido expresarle mi discrepancia en este asunto puntual.
Quisiera que don Luis Domingo recordara que son muchos los republicanos españoles que se han declarado juancarlistas. Y también que en ninguna otra época histórica ha podido España progresar y regenerarse como en estas últimas décadas en las que nuestro país ha tenido un Rey, pero el pueblo ha sido el soberano. No estaría de más recordar, así mismo, que muchos de los países más avanzados del mundo, incluso en materia social, han alcanzado ese rango bajo diversas modalidades de monarquía parlamentaria. Ahí están, encabezando la lista de países democráticos más desarrollados, Noruega, Suecia, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Reino Unido, amén de los países de la Commonwealth (Australia, Canadá, Nueva Zelanda y otros), todos ellos regidos, de una forma u otra, por monarquías parlamentarias. Y nadie puede negar que, como a España en las últimas décadas, no les ha ido tan mal. Podríamos concluir, con el poeta, que será mejor no tocarla, que así es la rosa. 

© 2008  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 10 de noviembre de 2008

————–

 Como era de esperar, el Sr. Sánchez Miras respondió, “por alusiones”, a mis manifestaciones. Lo hizo en su columna del 17 de noviembre, o sea, al lunes siguiente. Su artículo, que apareció provisto de un cariñoso título, viene transcrito a continuación.
 
“Mi amigo me lee”

“Estoy de enhorabuena: me lee mi vecino de página y amigo desde el pasado año en el que nos conocimos personalmente y quedé encantado de la simpatía que Pepe Romagosa irradia. Claro que si me lee no hace más que corresponder a lo que yo hago con su columna. Y no por compromiso o curiosidad malsana de lo que hace o manifiesta el vecino, sino porque me gusta casi siempre lo que dice y siempre cómo lo dice este maestro que tanta sabiduría lingüística nos imparte.
Tenemos divergencias como es natural, pero no ha podido aguantar la última: mi supuesta irreverencia con la Reina de España, de la cual se confiesa devoto. Pero yo no lo soy, lo que no me hace mejor ni peor. La devoción, como cualquier creencia, no es consecuencia del razonamiento objetivo, sino de un juicio, normalmente cargado de subjetividad: “me gusta el blanco” puede decir alguien… y hay que aceptarlo. “Soy devoto de la Reina”, dice Romagosa. Nada que objetar; pero no puedo aceptar los argumentos con los que trata de racionalizar su respetable juicio.
Que la mayoría de los ciudadanos esté de acuerdo con que la Reina de España haga manifestaciones de carácter político, no significa que esté bien. Eso lo han de decir los constitucionalistas y hay entre ellos una general unanimidad en condenarlas: la democracia es precisa en la política, no en la filosofía. Estoy de acuerdo con esos expertos: ninguna monarquía parlamentaria debe inmiscuirse en cuestiones políticas propias del Legislativo o del Ejecutivo… y criticar sus acuerdos es, además de una impertinencia, un atentado al principio de neutralidad que debe guardar la Corona detentada por su esposo. Nadie discute el derecho a la libertad de expresión que tiene la esposa de un psiquiatra; pero es por lo menos inadecuado que comente los casos clínicos del marido.
En más de una ocasión me he declarado, también en esta columna, “monarcano”. Es decir, republicano de devoción que acepta lo principal: la democracia, aunque el Estado esté constituido en reino, que, aparte de lo que considere secundario, me pareció la salida más airosa al enredo social, económico y político en que nos dejó sumidos el Dictador, que para prolongar tras su muerte la falta de democracia, nos dejó a Juan Carlos I como monarca absoluto. Pese a estar criado a los pechos del Dictador, tuvo el suficiente sentido democrático o de supervivencia – tanto me da – como para convertir a España en la Monarquía Parlamentaria que tanto despreció el general golpista.
Creo como los socialdemócratas suecos, republicanos, cuando ganado el poder se produjo una marcha campesina en defensa de los monarcas, que ningún rey merecía la muerte de ciudadanos – dijeron – y allí quedó el florero de la Casa Real mientras no se metiera en política. Los gobiernos lo hicieron bien… y los monarcas también. Pero nuestros reyes no han sido así y muchos no queremos que vuelvan a las vergonzosas andadas de sus antecesores, empeñados en que el parlamentarismo y sus instituciones eran una estúpida barrera que les alejaba del fervor de sus obedientes súbditos.
No. Eso no lo ha hecho don Juan Carlos, de quien no recuerdo más desliz político de trascendencia que el castizo “¿Por qué no te callas?” Quizá ese respeto a las instituciones democráticas le haya valido fama de “izquierdoso” y la consiguiente animadversión de la extrema derecha que lo considera poco menos que un traidor. Hasta el punto de que algunos comentaristas consideran estas indiscreciones de doña Sofía como el inicio de una acción de halago a esos “conservaduros”… de la mano de los más integristas de la Iglesia. Porque no necesitamos de ellas los que nunca hemos confiado demasiado en el espíritu democrático del ambiente respirado por doña Sofía en el seno de la familia real griega. Pero, como dice mi amigo Romagosa recordando a Juan Ramón… no la toquemos más, que así es la rosa.
Exijamos seriedad a los políticos, discreción a la Casa Real y tengamos la suficiente sensatez como para pensar que criticar, para los que no tenemos responsabilidades institucionales, es un derecho, y que recibir las críticas, aceptarlas o rechazarlas, entra en el sueldo de reinantes y gobernantes…como la discreción.”

 

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