Le pido perdón


En nombre de la extraña sociedad en la que vivimos, quiero dedicar esta columna a pedir perdón a ese compatriota nuestro que ha sufrido la inadmisible injusticia de tener que pasar trece años de su vida en la cárcel por una violación que no cometió. Y quiero hacerlo porque en una aparición en televisión de esa víctima de una sentencia injusta, ha declarado que lo peor de todo ha sido que todavía nadie le ha pedido perdón. La Justicia, que se equivocó al juzgarle, sigue equivocándose al no ofrecerle  una mínima disculpa, ni esa reparación – económica, naturalmente – que debería ser de rápida y obligada prestación en casos de esta gravedad. Este columnista siente vergüenza al pensar que tal vez sea el primer español que pide perdón a esta víctima inocente de un proceso judicial que – a las pruebas me remito – fue mal instruido y pésimamente juzgado.
¿Qué indemnización se le satisfará por ese inmenso error que le destrozó la vida? ¿Qué responsabilidad se exigirá a los causantes de tal injusticia? Estamos acostumbrados a conocer sentencias judiciales contra médicos, arquitectos y otros profesionales que causan daños a terceros en el ejercicio de su profesión; pero, ¿qué reparaciones se exigen a los magistrados – espléndidamente remunerados, por cierto – que condenan a inocentes?  “Nada en el mundo” – ha confesado Rafael Ricardi al salir en libertad – “puede compensarme por un error judicial que me ha mantenido encarcelado durante más de trece años”. Y su abogado ha informado que “se van a pedir disculpas públicas”, cuando lo lógico sería que las disculpas ya se hubieran presentado sin tener que pedirlas.
¿Hace falta otra sentencia para que quien cometió el error diga sencillamente “lo siento”? Y en cuanto a la indemnización económica, ni un millón de euros sería suficiente para compensar a Ricardi por esos trece años de vida que se le han hurtado.
Uno cree, con razón, que la “libertad” por sí sola ha dejado de tener el sentido que hasta ahora le dábamos los españoles. Desde que un De Juana Chaos, asesino de veinticinco personas, ha pasado a disfrutar de ella, y quien roba tres gallinas puede pasar años en chirona, nos parece un concepto muy distinto de aquél que Cervantes ensalzara. Ha perdido, en nuestra opinión, su condición de valor absoluto.
Propongo aquí formalmente que se indemnice al señor Ricardi con una importante cantidad de dinero, que éste sí que es, en nuestra actual sociedad, el único valor estable; aunque no hay dinero que pueda pagar esos trece largos años de inmerecido sufrimiento. Tras el cúmulo de valores que estamos largando por la borda, ya sólo nos va quedando la pela.

© 2008  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 04 de agosto de 2008
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