Otra forma de aprender idiomas


En un armario con llave que tuve en mi adolescencia, guardaba esas cosas que sólo a mi concernían. Las tenía pegadas a las puertas de aquel armatoste, por su cara interior. Recuerdo que una era la foto de Debbie Reynols (¡qué viejo soy!), que más tarde reemplacé por otra de Silvana Mangano, ¡ay!, en una escena de “Arroz Amargo”, hasta que también la sustituí por la que Aída, amiga postal con la que me inicié en la lengua italiana, me había enviado desde Italia. Todo esto sucedió antes de que procediera a colgar, junto a la de Cortina d´Ampezzo, una foto de Jeannine, parisiense ella, que me escribía en mi lengua para mejorar sus conocimientos, y yo la correspondía en francés con idéntico propósito.
La única carta que he conservado de esta última corresponsal, comienza así: “Mon cher Joselito, Navidad está aquí y no he visto el clima pasar”. Todavía no me había dado tiempo de enseñarle a construir mejor en español. Lo de “Joselito” debió obedecer a la imagen de la España profunda y taurina que mis cartas debían de proyectar. Y lo de “clima” tuvo que deberse a la errada traducción de un “tiempo” que no era meteorológico, sino cronológico. Más de medio siglo después, todavía suena en mis oídos el eco de aquella frase cada vez que oigo el primer anuncio navideño de El Corte Inglés. Me parece escuchar a la francesita con ese acento de Montmartre que sólo me he podido imaginar, porque el destino dispuso que nunca llegáramos a encontrarnos. 
Les cuento esto porque hay muchos jóvenes que no sabe cómo aprender idiomas. Y una de las formas más gratificantes, porque no sólo acelera nuestro aprendizaje sino que nos proporciona gratas relaciones, es la de mantener correspondencia asidua con nativos (mejor nativas, si usted, joven, es varón) de otros países.
Claro está que no siempre todo el monte es orégano. Una hermana mía, hace ya… ni se sabe, vio abruptamente truncada su correspondencia en inglés con un marine estadounidense, tras ponerle en una carta que desde su último encuentro en Barcelona le habían crecido las orejas hasta la cintura. Ya era tarde para remediarlo cuando se percató horrorizada de que donde debió poner “hair” (cabello), había escrito “ears” (orejas).

© 2008  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 22 de diciembre de 2008
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