Responso


La palabra “responso” tiene dos acepciones en el Diccionario de la RAE. La primera se refiere al rezo que se dedica a un difunto, y la segunda la equipara a “reprimenda”. La mencionada en primer lugar pronto tendremos que aplicarla, si nadie toma cartas en el asunto, a esa lengua española que tantos se afanan por destruir; y la otra, tiempo ha que deberíamos estar utilizándola para agarrar por las solapas y zarandear a los máximos responsables de ese maltrato:  los académicos, educadores y políticos que, teniendo la sagrada responsabilidad de defender nuestro idioma a ultranza (es decir, a todo trance), se toman ese deber con la mayor de las pachorras.
Con tanto medio de comunicación a su alcance y los constantes atropellos que se perpetran contra nuestra lengua, ¿ha visto usted, amigo lector, que algún ilustrísimo académico se haya levantado de su alfabético sillón para exigir medidas en su defensa? ¿Le consta que algún miembro de la docta casa haya comparecido ante los españoles para mostrar un atisbo de preocupación? ¡Pero si, quitando a Mingote y algún otro, ni siquiera conocemos sus caras! Si conocemos mucho mejor a ese otro académico de mentirijillas que acaba de convertir la palabra “Whopper” – nombre de una marca de hamburguesas – en sinónimo de “excelente”, o “insuperable”.
Todas las comparaciones son odiosas, pero este columnista celebraría que los españoles defendiésemos nuestra lengua como han hecho los franceses con la suya. También Francia es un país plurilingüe (francés, provenzal, gascón, bretón, occitano, catalán, corso, alsaciano, etc.), pero precisamente este año la Academia Francesa ha declarado que es el idioma francés el que ha mantenido vivo el sentimiento de identidad nacional. Se me antoja envidiable – y lo dice un catalán – que 150 millones de francófonos repartidos por el mundo sientan más orgullo por su lengua que 500 millones de hispano parlantes por la lengua española. Cualquier observador imparcial puede constatar que nuestros vecinos de arriba, cualesquiera que sean sus regiones de origen, luchan por el enriquecimiento de su lengua común; mientras que al Sur de los Pirineos nos afanamos en denostar y empobrecer la nuestra. Cui prodest? – deberíamos preguntarnos, ¿A quién aprovecha este estado de cosas?
También podemos preguntarnos qué enseñanzas del español se estarán impartiendo en nuestro país, cuando en unos breves minutos ante el televisor constatamos que jóvenes “profesionales de la palabra”, de los que cobran por hablar, dicen cosas como estas: “…se están ultimando los últimos detalles…”, “…se ha dado comienzo a la impartición de la asignatura…”, “…el cruce no estaba semaforizado…”, “… ahora les ofrecemos la entrevista que les hablábamos…”, y “…la escuela reabrirá de nuevo…”. O como estotras: “…le llamó jilipollas y otros ditirambos…”, “…me ha comunicado de que…”, “…les informamos que…”, o “…se lo dieron por ser la más mayor…”.
Y perdónenme por ese demostrativo poco usado – “estotras” – que les habrá forzado a un alto abrupto en la lectura; pero que, curiosamente, sigue vivo y admitido. ¿Por qué razón no lo hemos salvado de la quema, si se pronuncia bien – con más facilidad que “estas otras” – y además economiza y nos habla  de la antigüedad de esta preciosa lengua que nos estamos cargando.

© 2008  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 27 de octubre de 2008
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