“No te pgueocupes…, cuando encuentgues tgabajó…”


Ya estoy jubilado y uso unas gafas compradas a su PVP normal, pero no sé qué tendrá ese spot del oculista argelino que siento como si me persiguiera. De tal modo me atosiga, que en la oscuridad de la noche vuelvo a verlo en sueños, mil veces repetido, como una pesadilla. Y es que hay cosas en la vida que no alcanzamos a entender, y la angustia que sentimos nos la llevamos a la cama. “No te pgueocupes, no te pgueocupes, que  ya me lo pagagás… cuando encuentgues tgabajó“. ¿Podrás creerme, amigo lector, si te digo que incluso al citarte estas bondadosa palabras sobre ese hipotético resto aplazado, siento como un escalofrío?
Estamos tan acostumbrados a pagar las compras cash o a crédito súper garantizado; tan habituados a ese rótulo burleta:  “hoy no fiamos, mañana si”,  que podemos leer en todas las puertas aunque de ninguna esté colgado; con tal firmeza se nos ha inculcado el descarado principio “tanto tienes, tanto vales” y el malvado eslogan bancario “si tienes una casa lo tienes todo”, que la magnánima oferta de este mesié francés, dirigida a aquellos que no tienen para comprarse unas gafas, nos conturba y descoloca. Nos han dado tantas sorpresas en la vida, que ya no creemos en filántropos y sabemos de sobra que nadie da duros a peseta.
Son infinitas las vueltas que le he dado a este asunto y sigo como al principio. El otro día pensé que este señor francés (argelino, en realidad)  bien podría ser el émulo galo, en versión industrial, de esos seres humanos admirables que ponen su vida y hacienda al servicio de los demás; pero pronto caí en la maldad de sospechar que igual podría estar fabricando sus gafas en la China o en Shri Lanka, a cinco euros unidad, por decir algo, para así poder venderlas con “altruista” sacrificio, pongamos, a treinta pavos; precio que, ojo al parche, equivaldría al pago inicial “a cuenta” de las gafas.
De darse este último caso, habría mucho que decir del inteligente spot y de ese código publicitario que supuestamente está para velar por los aspectos éticos y la veracidad de los anuncios. Y en cuanto al astuto millonario (que no otro calificativo merecería, si se diera este supuesto), que tiene un morro que se lo pisa.
Ha pasado mucho tiempo desde que la Federal Trade Commission prohibiera la publicidad subliminal en Estados Unidos, y más tarde se prohibiera en el resto de países desarrollados; y nos hemos olvidado de cierto libro importante – “The hidden persuaders” (Los persuasores ocultos) – que denunció a escala mundial aquel abuso;  pero las agencias de publicidad han ido descubriendo nuevas e ingeniosas maneras de crear imágenes de marca, “vender” méritos y cualidades inexistentes, o manipular la mente del consumidor a su talante. No es que tengamos que pgueocupagnos demasiado, como me ha acontecido a mí, ni acusar o absolver a nadie de antemano, pero nos conviene estar en guardia y, dado el caso, negarnos a comulgar con ruedas de molino.

© 2010  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 11 de enero de 2010
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