¿Quién controla a los ecologistas?


Hace años, tras cierta experiencia vivida con unos agentes de la autoridad de infausto recuerdo, escribí un artículo que titulé “¡Quién vigila al vigilante?”. Y es que la necesidad de controlar a quienes ostentan algún tipo de poder, por pequeño que éste sea, siempre debería estar prevista y regulada. Hay países democráticos cuyas formas de gobierno incluyen un departamento o ministerio exclusivamente dedicado al control del Estado, es decir, de todos los demás ministerios. Cuando uno ya peina canas, ha vivido lo suficiente para no ignorar que el poder, hasta ese poder pequeño que confiere el entorchado de un portero de hotel, es preciso controlarlo. Y en el ámbito de la política con mucha mayor razón. Ahí vemos a diario con qué frecuencia se descubren casos de corrupción en este o en aquel partido, en esta o aquella comunidad autónoma, en esta o aquella cooperativa de agricultores y ganaderos.
Y en el mundillo concreto de los colectivos ecologistas, habría también que preguntarse si no abusan en algunos casos de sus atribuciones. Es lícito, y benéfico, nadie lo niega, que ciertos ciudadanos se organicen en defensa del medio ambiente. Cumplen con ello, siempre que no se pasen de rosca, una función conservacionista y social digna del mayor encomio. Pero lo malo es cuando se pasan (que todo puede ocurrir en un colectivo humano) y se exponen a entorpecer, o retrasar, y más de una vez a cargarse importantes proyectos de desarrollo susceptibles de crear empleo e incrementar la riqueza y el estado del bienestar.
Repasando ayer unos papeles, encontré una carta del malogrado emprendedor don Aurelio Álvarez (q.e.p.d.), en la que me comentaba unos aspectos del proyecto “El Reino de Don Quijote”, cuyas obras de infraestructura llevaban un par de años realizándose. Me movió a reflexionar el hecho de que la carta lleva fecha del año 2000, ¡hace la friolera de nueve años!, y hoy, corriendo el año 2009, cuando ya hemos visto desvanecerse el gran sueño manchego del carismático leonés, y retirarse del proyecto la importante empresa estadounidense que iba a colaborar en el mismo, no podemos menos de lamentar los muchos años invertidos en combatir el sistemático incordio ecologista. ¡Cuánto tiempo e inversiones perdidas! Tantos han sido los años malgastados en esos pleitos que, aunque a menudo se lograba rebatir legalmente las razones invocadas por los ecologistas, al final ha tenido que ser esta crisis que nos aflige la que ha barrido, como un huracán que hubiera arrasado Valcansado, uno de los más importantes proyectos de nuestra región. Y si el proyecto del Aeropuerto (también dificultado por los ecologistas durante años) ha podido verse realizado, lo ha sido, como decimos vulgarmente, por los pelos. O, dicho en el gráfico estilo de Cervantes, “por el negro de una uña”.

© 2009  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 06 de abril de 2009
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