Y, encima, el colesterol.


Por si no llegara con la crisis, la alta tasa de paro y los piratas somalíes, los españoles tenemos ahora que pechar con el gasto añadido de esos nuevos productos cuyos nombres comerciales siempre terminan en “col”. La cesta de la compra ha incrementado considerablemente su coste debido a esos botecillos de plástico cuyo contenido hay que deglutir al ritmo de uno por persona y día, para prevenir – la sola palabreja asusta – la hipercolesterolemia. Una avalancha de spots televisivos, ilustrados con inquietantes representaciones virtuales de arterias obstruidas por el colesterol, han logrado convencer a la ciudadanía de que el colesterol acecha, el colesterol no avisa, el colesterol mata. Así que antes se priva el consumidor de poner en el carrito un kilo de tomates o de pimientos del piquillo, que de comprar un pack de seis unidades de ese imprescindible producto.
Nada tengo que objetar sobre esa nueva necesidad que el consumismo ha logrado imbuirnos, ya que, después de todo, el producto tiene buen sabor y parece un yogur bebible. La única cuestión que deseo plantear se refiere a sus pretendidas virtudes medicinales. Y ello porque, de entrada, no es normal que un producto farmacéutico se venda en los súper, y también porque, salvo despiste por mi parte, no se ha divulgado la menor información de las autoridades sanitarias sobre la conveniencia de su consumo. Lo más preocupante, en todo caso, sería descubrir un día que hemos gastado un dineral para nada o, lo que sería mucho más grave, que el poder de seducción de una publicidad irresponsable nos ha hecho perder la oportunidad irrepetible de seguir un tratamiento médico de verdad.
Con estas líneas no afirmo nada, ni acuso a nadie. Faltaría más. Tan solo pido a las autoridades sanitarias que se pronuncien de una vez, y de manera clara y tajante, sobre estos productos vedette de nuestra cada día más costosa cesta de la compra. Bienvenidos sean si cumplen lo que prometen; pero si su publicidad fuera mendaz como suele ser, pongamos, la de crecepelos, deberíamos exigir su recalificación como batidos o yogures bebibles y la inmediata retirada del mercado de la publicidad torticera. Y aquí no caben medias tintas, ya que no sería de recibo ningún informe sanitario que no certificara la plena eficacia preventiva que dichos productos vienen anunciándonos y prometiéndonos; que no en balde son millones los consumidores que han dejado sus dineros en las tiendas, y también han dejado de preocuparse por su colesterol, porque ingieren a diario uno de estos productos con nombre terminado en “col”. Espero que todos ellos hayan de verdad luchado contra el riesgo de cardiopatías, como tan de buena fe han creído venir haciéndolo.

© 2009  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 12 de octubre de 2009

 

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