“Discapacitados” y “minusválidos”, términos revisables.


La sociedad española ha experimentado un gran cambio en lo relativo a su actitud hacia los discapacitados, o minusválidos. Los que tenemos algún discapacitado en nuestra familia, hemos podido percatarnos de este positivo cambio: ya nadie mira a un minusválido como si fuera un ser raro, ni muestra rechazo alguno hacia él, como tristemente aún ocurría cuatro décadas atrás. Las miradas de quienes se cruzan con una de estas personas  “más vulnerables”, son ahora afectuosas y van siempre acompañadas de algún gesto espontáneo que expresa comprensión, ternura y solidaridad. Nadie puede negar que España está hoy más civilizada que antaño en este ámbito concreto de las relaciones humanas. Y tampoco hay duda alguna de que mucho han contribuido a ello las políticas y las promociones sociales que nuestras instituciones públicas han venido desarrollando. El nuevo trato que se ofrece a estas personas “diferentes”, hace que sus familiares más próximos nos sintamos permanentemente en deuda con quienes así se comportan; es como si, de repente, nuestro problema hubiera dejado de existir. 
Al hilo del Día Internacional del Discapacitado, recientemente celebrado, se podría señalar que la terminología que hoy usamos para referirnos a los “discapacitados”, o “minusválidos”, tal vez podría mejorarse, dado el objetivo que actualmente se persigue de lograr que muchos de ellos lleguen a incorporarse al mercado laboral y se sientan ciudadanos normales y de pleno derecho. Y ello porque no sería razonable, ni siquiera desde un punto de vista semántico, que quienes probaran su capacidad para desempeñar a plena satisfacción un determinado trabajo, siguieran llamándose “discapacitados”, o “minusválidos”. Tendríamos que acuñar otro término para aquellos que alcancen tan meritoria meta; un término que tuviera más que ver con su evidente aportación de un esfuerzo extraordinario, que con su handicap anterior felizmente superado. Su grado de minusvalía física o síquica seguiría apareciendo, obviamente, en el historial clínico; pero no en los recibos de salarios.             
A este articulista no se le ocurre, ahora mismo, cuál podría ser ese nuevo término. Tal vez nuestras instituciones, que tanto han hecho en favor de este sensible colectivo, podrían convocar un concurso en el que todos los castellano-manchegos pudiéramos participar con nuestras propuestas. Es, apenas, una idea.
Déjenme concluir recordándoles, no obstante, que no siempre es el nombre lo que da sentido a las cosas, sino el propio sentido que nosotros damos a los nombres. Y éstos, como toda creación humana, siempre pueden mejorarse. Estoy seguro de que Ana María, mi hija, que lucha con tesón contra sus limitaciones, agradecería infinito que no siguieran llamándola “minusválida”, término que, aplicado a ella, se centra en el hecho de que tiene más dificultad para hacer ciertas cosas que otros, pero que obvia que hay otras muchas cosas que ella hace mejor que muchos, entre las que cabe destacar su insaciable deseo de aprender cosas nuevas y superarse.

© 2010  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 18 de enero de 2010
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