Cuento Corto: “El Rallye”


Amilcar

El matrimonio Planas, a bordo de su recién restaurado Amilcar, acababa de efectuar su salida, con el número siete, en el rallye  de coches veteranos. Atrás quedaban largos años de reparaciones y de búsqueda de piezas originales y un goteo de facturas que había llegado a parecerles interminable. Sus rostros al viento, parcialmente ocultos tras unas impresionantes gafas que les conferían un toque a lo “Barón Rojo”,  irradiaban orgullo y satisfacción. Animado por esos buenos cincuenta kilómetros por hora a que rodaba el vehículo, el chal azul de la “copiloto” flotaba al aire como el ondulante gallardete de un velero. El viejo motor de los años veinte, con los segmentos que se le habían puesto a los pistones, giraba armoniosamente,  y el nuevo juego de neumáticos hacía sentir que el coche, a pesar de su poco peso, se adhería firmemente al asfalto. Al reducir velocidad en la cerrada curva que acababan de rebasar, el Sr. Planas pudo comprobar cómo el último ajuste de varillas había operado cual mano de santo sobre los frenos.  “¡Qué gozada” -musitó, pensando en lo acertada que había sido su decisión de restaurar aquella joya.

El día soleado, sin una nube a la vista,  parecía presagiar una jornada perfecta. Algo más adelante,  apostada en la cuneta, una familia numerosa presenciaba admirada el largo desfile de  evocadoras  y relucientes carrozas.  Los más pequeños agitaban sus manos, saludando. La Sra. Planas, que ya había alzado la suya para responder al saludo, apremió a su marido para que hiciera lo mismo, ayudándose de un codazo. Así lo hizo éste con su mano enguantada, al tiempo que dirigía la vista hacia quienes, desde el arcén, exteriorizaban tan vivamente su simpatía. ” ¡Ostras! ” – exclamó el Sr. Planas – “¡Pero si son los Esteve! ”  –

“¿Quí dius que son ? ” – inquirió la señora.   -“¡Si, dona , la familia del Esteve, el del almacén de Sants!”.  Mientras la señora murmuraba  “¡Quina casualitat “, el Sr. Planas  se había vuelto para saludar de nuevo, esta vez con más entusiasmo, al grupo familiar que acababan de pasar. 

¡¡¡CCCRRRAAASSSHHH…!!!  Todo sucedió en menos que canta un gallo. La  copiloto, conmocionada tras el tremendo impacto de su rostro contra el parabrisas, apenas  acertaba a balbucear, con voz rota y compungida, “¡Pero, Ramón! ¿qué has fet?  “, sin dejar de sujetarse la cabeza.  El Sr. Planas, quien amén de dolerse de una fuerte tortícolis se había lastimado la muñeca con el avance,  comprobó,  desencajado, que lo que hasta unos segundos antes había sido su  flamante Amilcar,  yacía ahora empotrado contra un extraño y enorme obstáculo que la densa humareda procedente del radiador le impedía identificar. A través del humo, no obstante, consiguió distinguir un rótulo que sobresalía por la parte superior del obstáculo. El rótulo rezaba: “Gruas Jiménez. Ayuda Inmediata”.  – “¡Merda, merda, merda! ” –  la exclamación brotó como incontenible sollozo de la garganta del infeliz,  que no dejaba de agitar la cabeza de un lado para otro, mientras su puño  golpeaba con desesperación en el tablier.  Las gafas de piloto le colgaban de la barbilla y el casquete de cuero pendía del retrovisor. No había duda: se habían dado de bruces, nada menos, contra un coche-grua de asistencia que debía de estar detenido en el arcén y cuya presencia, por causa de los Esteve, no habían podido advertir. -“¡Tot marxaba massa bé! “-  constató la señora. El hombre de la grua, que ya estaba allí parado comprobando el estropicio, dirigió una penetrante mirada al causante del mismo, al tiempo que con el dedo índice realizaba un movimiento giratorio junto a su sien. Y acercándose,  le espetó: “¡Pero, bueno!, ¿a quién se le ocurre circular con semejante cacharro?”.  Obedeciendo al gesto de su descalabrada esposa, con el que ésta le recomendaba calma, el Sr. Planas optó por no contestar  y, saliendo del coche, se puso a intentar separar los dos vehículos con el señor de la grua. Y, ay,  como si  el pobre Amilcar  de sus desvelos hubiera podido abrigar sus propios sentimientos, tras el tantarantán sufrido y la ofensa verbal que acababa de infligírsele, le acarició instintivamente  la retorcida aleta. 

 La llegada de los Planas al parador, donde estaba previsto el consabido almuerzo y el acto de entrega de premios, fué apoteósica. El  vehículo “número siete”,  ahora  más corto y retorcido que media hora antes, parecía estremecerse desde su humillante escaparate en lo alto de la grua .  Y los Planas, que a través del resquebrajado parabrisas observaban a la multitud de participantes que les rodeaba, no pudieron dar crédito a sus ojos cuando vieron que toda aquella muchedumbre se arrancaba en el más inesperado y entusiasta de los aplausos. El matrimonio no pudo evitar cambiarse una mirada emocionada ante la espontánea muestra de solidaridad que se le brindaba.

Terminado el almuerzo, cuyo ambiente de cordialidad casi les hizo olvidar el reciente percance, se procedió a la acostumbrada entrega de premios. Uno de los trofeos había quedado desierto, por no haber sido merecedor de él ninguno de los participantes. El jurado, con  buen sentido y en méritos a los recientes sufrimientos de los Planas, “soportados en el ejercicio de su noble afición”, acordó concedérselo a éstos, aunque en realidad, como reconocieron públicamente al recibirlo, se trataba de un premio inmerecido. El emotivo acto de la entrega fué coreado con una nueva y fraternal ovación. Entretanto, lujosos Packards, Hispanos  y Lagondas,  y  humildes FordsCitroëns   y Simcas ,  posaban con elegante naturalidad  bajo el radiante sol de la explanada, como si acabaran de salir de fábrica, recreando ese vistoso festival de formas y colores que sólo una concentración de “clásicos” puede ofrecer. Huelga decir que el coche de los Planas no pudo lucir ese dia entre aquéllos.

Pero sabed, amigos,  que el Amilcar  fué restaurado una y otra vez y volvió a participar en otros muchos rallyes  y concentraciones  -incluso internacionales-;  y que sus dueños tuvieron que seguir atendiendo, con estoica regularidad,  un porrón de facturas, contribuyendo con ello a salvaguardar un raro y valioso ejemplar de nuestro patrimonio histórico. Y lo más curioso es que ahora, cuando los protagonistas  de esta historia -ya “clásicos” también ellos-  contemplan aquel primer trofeo (del rallye  que siempre han recordado como “el de la castaña “), y la peana en la que se lee “Premio a la Regularidad”,  pueden justamente jactarse de que, aunque a posteriori,  han llegado a merecérselo con creces. Y cuando bajan al garaje donde “Amilcar “  descansa en espera de nuevas aventuras,  y lo engrasan y abrillantan,  no pueden menos de reconocer que sin ese fiel compañero la vida no habría tenido el mismo sabor.

  © 1996  José Romagosa Gironella

Publicado por la revista “Nuestro Habitat” en  mayo de 1996

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