¡Dios salve a la Reina!


La necesidad que tenemos de pensar es también una obligación. La persona que no utiliza el cacumen más que para poder hablar de fútbol y de otros deportes, o de lo que se airea en los mentideros del “corazón”, nada aporta, por lo general, a la sociedad. Y en el ámbito de la política, cuántos ciudadanos hay, simpatizantes de una u otra idea, que se muestran incapaces de escuchar con espíritu objetivo, siquiera para poner a prueba sus propias convicciones, las tesis que sustentan los que piensan diferente. Todos ellos carecen de eso que podríamos llamar un buen criterio general: unos, por su ignorancia aplastante, y otros, porque si no son tuertos del ojo derecho, lo son del izquierdo.
La diversidad de juicios que se están vertiendo sobre ciertas opiniones personales expresadas por S.M. la Reina, ponen de manifiesto la falta de criterio justo que sufren muchos españoles. Y digo esto porque, con independencia de la posible imprudencia cometida por Doña Sofía – sobre la que todo español tiene el derecho a manifestarse con respeto – hemos perdido la oportunidad de pasarle por alto ese único error, si error ha sido, tras más de tres décadas de aciertos, buenos ejemplos y apabullante buen hacer. El pueblo español, o una parte de él, no está tratando como se merece a una persona irrepetible a la que todos debemos tanto. No sería exagerado afirmar que esta gran señora, nacida en Grecia pero española hoy como la que más, ha hecho por nuestro país lo que ninguna otra gran mujer a lo largo de la Historia. No reconocerlo así, sin el menor titubeo, sería la mayor de las ingratitudes.
Hay quienes son incapaces de emitir una opinión ecuánime porque anacrónicos prejuicios contra la institución monárquica les impiden reconocer el benéfico papel jugado por esa institución en la reciente historia de España; y también aquellos que siguen sin aceptar la monarquía, incluso una monarquía democrática – y despojada, ¡casi a petición propia!, de todo poder político – como la que los españoles quisimos darnos.
El motivo de estas líneas no es otro que expresar el deseo de su autor de que los españoles, ante un posible error de la Reina – que una periodista responsable y agradecida habría podido evitar, o por lo menos suavizar –
sepan tratarla en esta ocasión con el cariño y el respeto que sin duda se ha ganado. Su opinión sobre los homosexuales no se refería directamente a ellos – ni delataba actitud contraria alguna hacia tan importante colectivo -, sino al nombre concreto de “matrimonio” que se ha decidido dar a las uniones civiles de personas del mismo sexo. También este columnista se pronunció hace unos años en contra de una terminología que, por derivarse de “matrix” (matriz, molde, madre…, términos alusivos a la procreación) no le parecía etimológicamente correcta para aplicarla a uniones distintas de las heterosexuales. Tampoco tras aquella manifestación mía yacía sentimiento negativo alguno para con los españoles que la Naturaleza ha dotado de una inclinación sexual – he aquí la verdadera cuestión – que no coincide con la inclinación de la mayoría.
Desde el fondo de mi corazón: ¡Dios salve a la Reina!

© 2008  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 03 de noviembre de 2008

 

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