El país más pobre de América


Iba en mi coche, fumando y escuchando la radio. Viajaba solo, no molestaba a nadie con el humo, y me regodeaba pensando que aún se me permitía hacer esas tres cosas a la vez. En el dial que tenía sintonizado, se emitía la entrevista a un miembro de una ONG que informaba sobre el terremoto de Haití. En un momento del programa, una estudiante, de dieciséis o diecisiete años , no creo que tuviera más, formuló estas preguntas a la persona entrevistada: “¿Cómo es que ese país es tan pobre?, ¿es que antes de este último terremoto había sufrido otros más? Me sorprendió que una estudiante de su edad se mostrara tan ignorante sobre las causas que han sumido en la miseria y han hecho tan vulnerable, no sólo a Haití, sino a la práctica totalidad de naciones del que hoy llamamos “Tercer Mundo”. Sus preguntas, prácticamente de párvulo, venían a demostrar que nadie le había hablado en la vida de la explotación racial, de los colonialismos, del tráfico de esclavos, ni del expolio secular del que han sido víctimas esos pueblos. Me resistía a aceptar que una alumna de Secundaría no tuviera alguna información sobre lo que ha sido denominador común en la historia de todos esos países.
Comenté más tarde estas experiencias con varias personas, y mi sorpresa fue aún mayor al descubrir que ninguna de ellas sabía situar Haití en el mapamundi, ni tenía noticia alguna sobre su aciaga y agitada historia. Nadie pudo aportar el menor dato sobre el pasado español, o francés, de ese país; la extracción africana de su población,  su lucha por la independencia o las verdaderas causas de la caótica situación en la que el país está hoy sumido.
España se está volcando en una solidaria ayuda a ese castigado pueblo, cosa que nos enorgullece; pero lo hace, extrañamente, sin conocer al beneficiario de esa ayuda. Éste es un hecho también incomprensible, porque lo normal es que cuando decidimos echar una mano, por ejemplo, a una persona necesitada, es porque antes nos hemos molestado en conocer a fondo sus desgraciadas circunstancias personales, y no sólo la última de las adversidades que ha sufrido.
Me dirán que analizo demasiado las cosas; que “tenemos que hacer el bien sin mirar a quién”. Pero es que un servidor nunca ha entendido que a los españoles nos interese más la vida y milagros de una (hoy millonaria) Belén Esteban, o de otros seres anodinos de su entorno, que el trágico calvario de diez millones de haitianos – descendientes directos de los esclavos que un día arrancamos de África – que viven en chamizos de latas empalmadas y tienen como único y tradicional alimento una especie de pan hecho con barro.        
No es el terremoto, querida estudiante, lo que ha sembrado la muerte y la desolación en Haití, sino la extrema precariedad del hábitat en el que nuestro mundo rico – el de los ex colonizadores – les ha forzado a vivir. Para que la solidaridad mundial pueda servirles de algo, no deberá destinarse a “reconstruir”: habrá que edificar en terrenos más firmes y seguros, y utilizar, por primera vez, “materiales para la construcción”.

© 2010  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 25 de enero de 2010
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