“Fin de siglo”


Es curioso observar cómo influye el calendario – y también la geografía – en los usos que hacemos de nuestra lengua. La expresión “fin de siglo”, por ejemplo, que a lo largo del siglo XX se refirió a las postrimerías del XIX, ha adquirido otra significación. Ya no podemos hablar de “costumbres fin de siglo”, ni de “arquitectura fin de siglo” para referirnos a hábitos de vida o estilos arquitectónicos de finales del diecinueve, porque ahora estaríamos aludiendo a los últimos años del siglo inmediatamente pasado, es decir, del siglo XX. Ya no podrán los elegantes usar la universal expresión “fin de siècle” como no sea para tratar de algo inherente a la década postrera de los últimos “noventa”. En virtud del paso del tiempo, la connotación decimonónica de dicha expresión ha fenecido.
Y, de otro lado, es aún demasiado pronto para poder utilizarla en relación con los últimos años del siglo XX. Cuando hayamos entrado (los que lo logren, claro) en los años 80 o 90 del presente siglo, se podrá volver a las andadas y usar expresiones tales como “la telefonía móvil fin de siglo”, o “las sórdidas discotecas fin de siglo”, para hablar de unas técnicas o hábitos de ocio que habrán pasado a ser arcaicos.
También la geografía, como decía, puede influir en la lengua, aunque lo haga a veces sin rigor. Sirva de ejemplo que no parece correcto afirmar, como ha venido haciéndose, que la II Guerra Mundial estalló “en el verano de 1939”, ya que cuando corría ese verano en Alemania, era invierno en Argentina. Olvidamos a menudo, al usar las estaciones del año, que los hemisferios Norte y Sur del planeta tienen las estaciones cambiadas. Y, de igual forma, hemos dado en llamar “Occidente” a un conjunto de países desarrollados en el que suelen incluirse, por razones esencialmente económicas, naciones como Australia, Nueva Zelanda o el mismísimo Japón, muy alejados de lo que constituye el Occidente geográfico.
Otra costumbre lingüística sobre la que los países aún no se han puesto de acuerdo, es la que se refiere a las denominaciones españolas “Oriente Próximo” y “Oriente Medio”, no coincidentes con las anglosajonas. Tan solo nuestra expresión “Extremo Oriente” corresponde exactamente al “Far East” de los anglófonos. Y siguiendo con esta lista de curiosidades, resulta chocante que un californiano esté seguro de vivir en pleno “Far West” (Lejano Oeste), cuando California es para él la región más próxima del mundo, hasta el punto de que reside en ella.
Con todo, una de las arbitrariedades más notables es la constituida por el hecho narcisista de que los ciudadanos de la “República Federal de los Estados Unidos de Norteamérica”, es decir, de Estados Unidos, pretendan acaparar para su uso exclusivo el gentilicio de “americanos”; y también para uso exclusivo de su país el de “América”; cuando es sabido que éste es el nombre de todo el continente. El autor de estas líneas se ha negado sistemáticamente a dar a ese colectivo humano el nombre exclusivo de “americanos”, ya que pasan de veinte los países con igual derecho a usarlo. De aquí que el gentilicio apropiado para distinguir a los americanos de los “USA”, sea estadounidenses. O, si ustedes lo prefieren, yanquis.

© 2006  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 19 de junio de 2006
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