Política y tauromaquia


Frente a la proverbial seriedad de la que hacen gala los toreros, es decir, los intérpretes de ese arte español por antonomasia, nos produce gran desazón constatar que en el mundo de la política esa seriedad, que también debería ser característica del oficio, brilla casi siempre por su ausencia. Sería inconcebible que el torero, al regresar al callejón tras concluir su faena, se dedicara a resaltar los méritos de la misma o, lo que sería aún peor, a criticar los defectos de los demás lidiadores de la tarde. Sería sorprendente que ese profesional se despachara a sus anchas alabando, con menosprecio hacia el esfuerzo y la valentía de sus colegas, lo mucho que el mundo del toreo le debe, o el alto nivel en el que ha situado a la tauromaquia. Pero, afortunadamente, esto nunca ocurre, porque el refinado mundo del toreo no admite la arrogancia ni el mal gusto.
Caso totalmente distinto es el de la política. Supongamos que un periodista hiciera la siguiente pregunta a un político: “¿Qué opina, señor consejero, de las declaraciones de su oponente “X” en contra del proyecto propuesto por usted?” Y preguntémonos a continuación cuántos consejeros de los que están actualmente en nómina tendrían el coraje de dar una contestación como esta: “Pues, mire usted, la política tiene estas cosas en la vida democrática. Mi propuesta, que seguiré defendiendo a ultranza porque la considero válida y creo firmemente en ella, no tiene por qué ser juzgada del mismo modo por todos. Espero, no obstante, que en el debate político que se producirá seguidamente podré demostrar la bondad de la misma, así como hacer variar de signo algunas de las opiniones que se han vertido en su contra”.
Esta forma civilizada de hablar, que es la habitual en el respetuoso ámbito del toro, nos resulta inconcebible en la barriobajera palestra política. Parece mentira que nuestros políticos aún no hayan descubierto que la cortesía y la abstinencia en el uso de descalificaciones personales les haría escalar muchos puntos en la opinión que nos merecen. Nos cuesta comprender que a estas alturas sigan ignorando la importancia que encierra un pequeño gesto cortés hacia quien discrepa. Al ciudadano de a pie le irrita constatar que nunca un político en ejercicio dé su brazo a torcer. Este articulista es incapaz de recordar un solo caso en que un político español haya aceptado como válidos, hasta el punto de modificar su planteamiento inicial, los argumentos de un contrario. No sólo les falta finura, sino también sinceridad.
En la antigua Roma, Popea podía entrar y salir del baño en pelota, ante la indiferente mirada de los eunucos. Pero nuestro políticos no son Popea, ni nosotros hemos sido mutilados para no sentir “ni frío ni calor”. Todas las cosas que vemos nos afectan y quedan – o deberían quedar – justa y convenientemente anotadas en nuestra memoria, que ya vamos estando hartos de desnudeces antiestéticas.
El señor consejero de nuestra imaginaria entrevista habría contestado algo así: “Mire usted, el problema que tiene el señor “X” es que ha perdido los papeles. Su grupo carece de programa político y de criterios madurados, y ya se sabe que se opone a todo por sistema. El mejor servicio que podría prestar a la sociedad sería el de quedarse en casa”. Todo lo contrario de lo que un torero diría de su más encarnizado rival (si en el toreo pudiera darse esta figura), o de cualquier otro matador de inferior valía. Dos mundos, evidentemente, opuestos por el vértice.

© 2006  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 18 de septiembre de 2006
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2 comentarios en “Política y tauromaquia”

  1. Anna Says:

    No puedes comparar a un torero y a un político…
    como mínimo los políticos no tienen la enfermiza obsesión de torturar y asesinar seres vivios, ¡todo un detalle por su parte!

    • peperomagosa Says:

      Hola Anna. Tienes razón…en parte. Pero, ¿y esa forma de tortura que consiste en tratar al ciudadano como si no existiera, en torturar a millones de parados o mileuristas con el lacerante espectáculo de unos cargos públicos con sueldos astronómicos…? Hay millones de personas (infinidad de ancianos) en nuestro país que escarban todos los días en los contenedores de basura. El político que se instala confortablemente en el poder y en esa nueva clase política que podríamos llamar nueva burguesía, defendiendo más su bien pagado sillón y sus prebendas que las urgentes necesidades de los más débiles…, ¿no es un torturador? Por otro lado, Ana, a ti y a mí nos bastaría con corridas de toros sin sangre ni sufrimiento para el animal; unas corridas que mantuvieran el arte, el colorido, el pasodoble y la tradición que la Fiesta ofrece, pero sin hacer sufrir al toro. Pero, ¿cómo se consigue esto en un país en el que la tauromaquia de “sangre y arena” es casi una religión? Antes tendría que erradicarse la crueldad y la violencia del corazón de esos compatriotas nuestros que se muestran incapaces de reconocer su adicción a esos bajos sentimientos. No veo nada fácil que los españoles compasivos con los animales logren hacerles cambiar de opinión, porque el forofo de la Fiesta defiende a ultranza la falacia de que el toro bravo no sufre,.,que, tan alta vida espera, que “muere porque no muere” …
      Cháu!, Pepe.


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