¡Venga!


Es curioso que la Real Academia Española, tan dispuesta a incorporar vulgarismos en su Diccionario, no haya incorporado la expresión “¡venga!”, que es hoy una de las más usadas por los españoles. “Te veo luego en el España…”, propone uno. “¡Venga..!”, responde el otro, dando a entender que está conforme. “No olvides lo que te pedí…”, recomiendo a un amigo con quien me cruzo. “El sábado sin falta, te lo llevo…”, me asegura. “¡Venga..!, concluyo, a modo de despedida, pero también para subrayar que confío en su palabra. “Esta ronda la pago yo…”, insiste Pedro. “¡Veeenga…”, responde Pablo, condescendiente, alargando la “e”. “¿Sabías que Marisa se separa…?”, inquiere Juan a su vecino Andrés con quien se topa en el ascensor. “¡Venga…!”, exclama, incrédulo, el interpelado, como queriendo decir: “¡no puede ser cierto..!”

Un albañil rumano que ha estado haciéndome una chapuza en casa, apenas habla español, pero suelta un “¡venga!” a cada momento. “Este zócalo, mejor lo afinamos un poco…”, le sugiero. “¡Venga!”, es su respuesta afirmativa. “En la cochera hay un saco de arena de miga”, le hago saber, por si lo precisa. “¡Venga..!”, vuelve a ser la respuesta. Y es que después de “cerveza” y “bocadillo de carne”, la palabra española que mejor domina es “¡venga!”. Ninguna parece resultarle más fácil de aplicar cualquiera que sea la circunstancia.

La polisemia de esta forma verbal (que es casi un sustantivo), nos permite usarla para “meter prisa” o exhortar a alguien a que se mueva, como hacen los italianos con su “¡sbriga!”, los franceses con su “allons-hi!”, los ingleses con su “come on!”, o los portugueses con su “vamos embora!”. Casi podríamos afirmar que la exclamación “¡venga..!” ha logrado desbancar a esa otra – “¡vale!” – no menos digna de ser glosada extensamente. “¡Venga!”, además, es vocablo grato (al igual que “¡vale!”) porque casi siempre denota conformidad, aceptación, asentimiento; excepto cuando se cuela en las expresiones “¡venga, hombre…!”, “¡venga, mujer..!”, o “¡venga ya.!”, porque, entonces, es evidente que algo va mal. Tal vez por la connotación afirmativa, o condescendiente, de esta expresión, cuando se usa aislada, no parece que esté siendo muy utilizada por nuestros políticos en sus debates parlamentarios, ni en los constantes rifirrafes en los que con tanto ahínco se enzarzan. Ningún miembro de un partido puede llegar a pronunciarla en un Congreso de los Diputados donde si uno dice “blanco”, el oponente viene sistemáticamente obligado a decir “negro”. Sería un contrasentido garrafal. Acaso por esta razón, a falta de otra mejor que se me escapa, hayamos dado en llamar “baja” a esa cámara. Claro que tampoco la “alta”, pobrecita, es lo que podríamos llamar un dechado de virtudes.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 9 de agosto de 2004
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