¡Qué éxito!,¡34 donaciones de órganos por cada millón de españoles!


España, con menos de 1400 donaciones al año, es el primer país del mundo en donación de órganos. En todo un país de 40 millones de habitantes se ceden 34 órganos al año por cada millón de ciudadanos para salvar o mejorar la vida de un número similar de personas. Se trata de un récord mundial, pero ¡qué triste para el mundo que podamos ostentarlo con una cifra de donaciones tan reducida!  Millares de enfermos, o accidentados, mueren todos los años por falta de ese órgano que les habría permitido seguir con vida. Y esto sin contar una legión de invidentes que no pueden recuperar la vista, y tantos otros enfermos de todo tipo por los que la sociedad, pudiendo hacer mucho en infinidad de casos, no hace prácticamente nada.

Estuve hace unas semanas en un tanatorio de Ciudad Real, en el que se encontraba la capilla ardiente de un amigo fallecido cuyo cuerpo, por expresa voluntad suya, iba a ser incinerado Durante todos estos días que han pasado desde aquella tarde, no dejo de pensar en mi amigo y en el montón de cenizas en que su cuerpo, con todos y cada uno de sus órganos, se habrá convertido. Y lamento que ya nunca podré tropezarme en ninguna calle de esta ciudad con un niño, o con una persona mayor que la cruza finalmente sin ayuda,  gracias – ¿por qué no? – a las córneas de mi amigo muerto. Lamento que otro buen amigo que tengo, el cual está en lista de espera para trasplante de pulmón, no haya podido rehacer definitivamente su valiosa vida – es médico – con uno de los pulmones de mi amigo muerto. Y también recuerdo a unos grandes amigos de Argamasilla de Alba, ambos hermanos y  sometidos a diálisis, que así mismo se hallan desde hace años a la espera de un riñón que no acaba de llegar. Lamento que el corazón, el páncreas, el hígado, la piel o los riñones de ese cuerpo hoy transformado en polvo no hayan podido utilizarse para salvar, o para mejorar al menos la vida de alguno de esos seres humanos dolientes que esperan ansiosamente una donación. Lamento que nadie volverá a sentir la simpática mirada de mi amigo, porque sus ojos, que podrían haber seguido sonriendo en otro rostro, ya no existen. Porque, ¡qué lástima!, se pulverizaron, junto con todas las demás vísceras de su cuerpo, en un crematorio.       

Es estupendo que ostentemos el récord mundial en donaciones, pero deberíamos sentirnos muy mal los cuarenta millones de “plusmarquistas” que vivimos en este país. Deberíamos avergonzarnos de tanto dolernos por los males propios, cuando tenemos en nuestra mano – o mejor dicho, en la maravillosa máquina de nuestro cuerpo – un inmenso potencial de remedios para nuestros semejantes, y nos negamos a cederlo. Me resulta inevitable pensar que acaso mi amigo muerto estaría aún con vida si el hábito de donar órganos hubiese estado más desarrollado en nuestra sociedad. Y se me hace extraño que antes que permitir que se extraiga una pequeña parte de nuestro cadáver, prefiramos que esa parte se pudra en la tierra o la consuman las llamas. Es como si dijéramos a nuestro cuerpo, en un vano afán posesivo: “serás mío, o no serás de nadie”. Verdadero problema de educación éste al que hoy he querido referirme, y al que nuestros políticos – ¡a este tema sí, y no a tantos otros banales! – deberían prestar (si verdaderamente dieran la talla) su atención prioritaria.

Los avances de la ciencia nos permiten, por primera vez en la historia,  la ocasión maravillosa de seguir manteniendo el valor precioso de nuestros órganos incluso después de que nuestros cuerpos hayan muerto. Pero esos órganos, que constituyen nuestra mejor herencia, dejamos que se desintegren y desaparezcan sin beneficiar a nadie. Deberíamos reflexionar sobre el hecho de que nuestra propia muerte tendría otro sentido si la utilizásemos para proporcionar vida a otros seres humanos. ¿Sería lógico exigir que nos enterraran con un décimo de lotería que hubiera resultado premiado la víspera de nuestra muerte? Pues algo parecido hacemos cuando nos olvidamos de que nuestros órganos podrían devolver la felicidad a millares de personas y optamos por llevárnoslos, inútil y egoístamente, a la tumba. Algunas culturas primitivas obligaban a que las esposas fueran enterradas vivas, junto al marido; y esto, naturalmente, nos parece atroz. Pero algo parecido hacemos en nuestro tiempo al olvidarnos de esas vidas que con nuestros órganos podrían salvarse, sin daño ni sufrimiento alguno por nuestra parte.

La Iglesia, de otro lado, debería adoctrinar mejor a los cristianos sobre esta nueva y sublime forma de “caridad” y de “amor al prójimo”; pero permanece excesivamente callada sobre estos temas, derivados de los grandes avances científicos, que a menudo parecen superarla. La indiferencia ante el dolor ajeno, o la falta de prestación de ayuda, han sido siempre, aunque no nos guste oírlo, graves pecados por omisión. Por ellos, seguramente, seremos un día juzgados, y poco nos valdrá la circunstancia, dudosamente atenuante, de que también nosotros sufríamos y éramos presa del miedo.

No deja de ser paradójico que la mejor obra a nuestro alcance – y sin duda la menos meritoria – sea la que podemos realizar después de muertos. Si a algún lector le hubiera hecho cierto efecto este artículo, puede obtener más información contactando con la Asociación Española de Transplantes, sita en Madrid. Así mismo, en cualquier hospital de Castilla la Mancha podrá ser orientado convenientemente si, como ya es  el caso del autor de estas líneas, desea usted ser donante. Debemos alegrarnos, en todo caso, de que el vasto conjunto de leyes y técnicas desarrolladas en España para la regulación de los trasplantes haya merecido el honroso título de “The Spanish Model”, y que nuestras pautas se estén copiando hoy, al pie de la letra, en las naciones más avanzadas.

 

© 2006  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  7 de agosto de 2006
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