Defensa del refranero


Un colega mío, al que un día me juré no volver a incomodar, ha afirmado en un artículo publicado en este periódico que no cree en los refranes. Supone – copio literalmente – “que el éxito de los refranes está en el casticismo que añaden a nuestro discurso, pero no en la sabiduría que aportan”. Y añade que “cualquier hipótesis se puede apoyar en un refrán”. Así que un servidor, que opina todo lo contrario, se ve hoy en la obligación, maguer aquel juramento, de entrar “do no pensaba”.
No apelaré a los clásicos para armar mi defensa, sino a ese libro de Cervantes que tengo de cabecera y que, debido a su fama, tampoco hace falta nombrar. Veamos: “No hay refrán que no sea verdadero,” – leo en el libro en cuestión (I, 21) – “porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas”. Esta frase de nuestro máximo pensador debería bastar para dar por concluida mi defensa; pero quiero proseguir.
Numerosas veces he constatado que el autor de esa peregrina afirmación, ha transcrito con gran respeto determinados pasajes de la célebre novela en la que hoy baso mi protesta, y ello me permite colegir que también él la estima en mucho. Luego, no me explico su peyorativo aserto sobre un acervo de refranes que Cervantes, el autor de ese libro que a los dos nos fascina, ponderó tan altamente. No le hallo explicación, porque no me encajan las piezas; y tampoco me casan con esta otra verdad que don Miguel nos legó en “Rinconete y Cortadillo”: que “quien bien quiere a Bertrán, bien quiere a su can”. Como exclamaría Sancho Panza, estupefacto: ¡adóbame esos candiles! (I, 47).
Me temo que “quizá, y aun sin quizá” (Q. I, 12), mi admirado colega, como la paloma de Alberti, se ha equivocado. He aquí una prueba de que ni los mejores mensajeros, sean aves o seres humanos, están libres de perderse. En todo caso, y como usted, benévolo lector, podrá comprobar, “ciertos son los toros” (Q. I, 35). O sea: “callen barbas y hablen cartas” (Q. II, 7).
Mi amor por los refranes y demás fraseología que salpimentan nuestra lengua – quizá se deba (y aun sin quizá), en una parte, a ese rústico personaje que Cervantes elevó al rango, por primera vez en la historia de la Literatura, de filósofo de la sensatez. La otra parte la atribuyo a Díaz de Mendoza, Núñez de Guzmán, Santillana, Correas, Rodríguez Marín, Cortejón, y a cuantos se afanaron por preservar tan rico caudal de sabiduría popular.
Con todo, no dejo de sorprenderme viéndome en estas cuítas, pues también soy defensor de ese refrán que nos recuerda, no con mucha exactitud, que “al buen callar llaman Sancho” (Q. II, 43). ¿Y si fueran los de esta laya – los refranes discutibles – los que han hecho que mi colega escribiera lo que ha escrito?

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2 comentarios en “Defensa del refranero”


  1. Gracias, Juan, por su oportuna corrección. La introduciré en mi columna.

  2. Juan Says:

    Uno de los refranes citados debe ser, correctamente: “Quien bien quiere a Beltrán”, con ELE, probablemente por Beltrán de la Cueva.


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