“Uso abusivo”, “uso inusitado”…


 

Hace unos días, un presentador de televisión denunciaba el “uso abusivo” que hacemos de ciertos fármacos. Nada tengo que objetar al respecto desde un punto de vista sanitario; pero en lo tocante a la lengua, sí; porque no es correcto emplear el adjetivo “abusivo” (derivado de “uso”, “usar”) a continuación de “uso” (acción y efecto de “usar”). Habría sido mejor denunciar simplemente el “abuso” que hacemos de ciertos fármacos. O bien, cambiar la frase por otra nada conflictiva: “el consumo abusivo que hacemos de ciertos fármacos”.
Algo parecido sucede si hablamos de un “uso inusitado” de algo, ya que “inusitado”, adjetivo indicador de que usamos algo con muy poca frecuencia o inesperadamente, también deriva de “uso”. No obstante, este culto “inusitado” que seguimos utilizando los mayores, presentará pocos problemas en el futuro ya que parece haber desertado del léxico de nuestros jóvenes. “Raro”, “extraño”, o aún mejor “chungo”, cuando no “poco corriente”, o “poco normal”, son sus expresiones habituales para indicar “inusitado”, “infrecuente”, “inusual”, “desusado”, “desacostumbrado”, o “insólito”. Es un hecho demostrable que el número de sinónimos que hoy maneja nuestra juventud “culta”, es considerablemente inferior al que utilizaban en su juventud los mayores cultos de hoy. Y, como es lógico, lo mismo ocurre con los antónimos.
Las nuevas tecnologías y sus herramientas conllevan, paradójicamente, una serie de efectos negativos. Los ordenadores imprimen nuestros textos, evitándonos tener que escribirlos a mano, y corrigen, aunque no siempre acertadamente, los errores ortográficos. ¿Para qué, entonces, esforzarnos en dominar la ortografía, o en desarrollar una buena caligrafía?, cabría preguntarse. Las calculadoras, de otro lado, nos evitan el trabajo de realizar engorrosos cálculos, pero nos hacen olvidar la tabla de multiplicar y el proceso para efectuar sencillas operaciones aritméticas a mano. video-juegos, consolas, “chats”, “emilios” y teléfonos móviles, con su nuevo léxico de abreviaturas y simplificaciones, contribuyen así mismo a empobrecer nuestra lengua. Se están perdiendo los matices, las cartas y las postales manuscritas, e incluso aquellas sumas a lápiz que solía hacernos el tendero sobre un retazo del papel de estraza en el que había envuelto las sardinas.
Ante la nula importancia que los maestros dan a este problema, quizá fuera útil facilitar gratuitamente a los alumnos un diccionario de sinónimos y antónimos, y animarles a su aplicación, siquiera en los deberes que presentan por escrito, con el aliciente añadido de poder mejorar sus notas.  

© 2004  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  26 de julio de 2004
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