Crónicas de África – III- Reflexiones de un blanco en tierras de Kunta Kinte.


Todos recordamos una producción televisiva emitida hace años en España, titulada Raíces, que se basaba en la obra literaria del afroamericano Alex Haley; pero pocos deben de saber que el clan Kinte, de la tribu Mandinka-Malinké, una de las más extendidas en esta parte del África, aún existe, al igual que su idioma. No estábamos, pues, como algunos pudimos pensar, ante una mera obra de ficción. Una anciana llamada Binde Kinte, del poblado de Jefuré, en Gambia, pasa por ser, según las investigaciones genealógicas realizadas por Haley, el último eslabón de aquella maltratada estirpe de la que – hoy lo sabemos – también el escritor desciende.
Como si de un reproche a la raza blanca se tratara, la dramática historia de la esclavitud africana y del lucrativo tráfico que ella produjo entre los siglos XVI y XIX, sigue viva y recordada en numerosos lugares del África Occidental, donde proliferan los museos dedicados al tema y se conservan las antiguas instalaciones costeras desde las que 18 millones de africanos – se calcula – partieron encadenados hacia América. Lo único que podría aliviar la conciencia histórica de los miembros de la raza blanca que visitamos estos lugares,  es el hecho probado de que la esclavitud ya se hallaba muy extendida en todo este continente muchos antes de la llegada del hombre blanco.
Ya en el siglo VIII se vendían esclavos africanos a mercaderes árabes que practicaban el comercio transahariano y el costero en el océano Índico. En aquellas épocas, los esclavos eran llevados al norte de África, y también a Arabia, donde se revendían para convertirlos en criados, obreros o soldados. La trata se incrementó considerablemente con la creciente demanda de mano de obra por parte de los europeos que regentaban minas y plantaciones en América. Los africanos al servicio de los blancos, que se encargaban de organizar las razzías, incendiaban los poblados y capturaban a todo hombre o mujer capaz de trabajar, así como a los menores más fuertes.
En un museo que este cronista ha podido visitar – La Maison des Esclaves – en la isla de Goreé, se describen detalladamente las épocas más boyantes de aquel ignominioso tráfico, en las que fueron muchas las tribus de nativos que se dedicaron a capturar esclavos en los poblados de otras tribus, para luego descargarlos como vulgar mercancía en los barcos de los traficantes portugueses, ingleses o españoles. También la propia raza negra participó en el sórdido negocio. Y así pudo desarrollarse una forma de comercio que vino en llamarse “triangular”, porque consistía en transportar los esclavos a América, importar a Europa las materias primas que esos esclavos producían allá, y, por último, llevar de Europa a África productos manufacturados susceptibles de ser cambiados de nuevo por esclavos. Tal fue el círculo vicioso que hizo posible mantener operativa por tanto tiempo la inhumana trata de negros. 

De otro lado, tardaron mucho los de nuestra raza en reconocer que también los negros tenían alma; que también se van al cielo – como cantaría siglos después un célebre negro cubano – todos los negritos buenos… Y hoy, cuando ya hemos descubierto las antiguas culturas africanas, y estudiado los imperios que señorearon estas regiones – los de Ghana, Malí y Songhai, entre otros – sabemos que no sólo tienen alma, sino que también poseen corazón y talento. Por eso la juventud africana actual, cansada de tanta lucha separatista y de las  interminables guerras entre etnias, así como de la corrupción generalizada de sus elites no representativas, exige ahora firmemente – como ha declarado el cineasta mauritano Abderrahmane Sissako – justicia, un mayor control de las cuentas públicas, y políticas eficaces dirigidas a la consolidación de las jóvenes democracias. No hay que olvidar que, frente al  envejecimiento de Europa, entre el 40 y el 50 por ciento (según los países) de la población humana del Sur del Sahara, no supera los 15 años de edad; lo que representa un inmenso contingente  humano que, en buena parte y por primera vez en la Historia de África está recibiendo educación media o superior; si bien sigue constituyendo el segmento social más castigado por las pandemias – en particular el Sida – que asolan esta parte del mundo.
Reconociendo la existencia de este enorme capital humano, que no eclipsa el drama de su aún altísima tasa de analfabetismo (del 55 al 70%), son muchos los africanos cultos que se revelan ante el hecho desalentador de que tantos jóvenes opten hoy por la emigración, sea ésta legal o ilegal. Deploran el mal ejemplo que las clases dirigentes están dando cuando envían a su hijos a estudiar o a enriquecerse en Europa, porque con ello refuerzan la destructiva idea de que en África no hay salida para los jóvenes.
En relación con este problema de la emigración, deseo citar un artículo de Anne-Cecile Robert, que apareció en noviembre en Le Monde Diplomatique, en el que aportaba su opinión sobre el origen de este fenómeno migratorio. El fragmento del artículo que me interesa resaltar, una vez traducido, reza así: “…La emigración viene a veces estimulada por familias y tribus que se endeudan para lograr hacer partir a un joven, en la esperanza de que éste podrá, a cambio, sostenerles”.
En el artículo citado se aporta el dato, que tiene también su importancia, de que esa emigración que de un lado priva a los Estados de sus fuerzas vivas, proporciona, de otro, al continente negro, la friolera de 17.000 millones de euros al año por el concepto de remesas de emigrantes, cantidad que casi dobla la cifra del PIB senegalés. En esta cifra se incluye, además de las remesas correspondientes a emigrantes que partieron de puertos africanos del Océano Atlántico, las derivadas de la emigración realizada por la llamada “ruta libia” (con destino a Italia), y las que atañen a emigrantes que arribaron a Europa procedentes de la costa mediterránea del Magreb. 
Cambiando de tema les diré que una de las primeras cosas que el autor de estas crónicas suele hacer cuando llega por primera vez a un país, es dirigirse a una librería de textos escolares y comprar uno de Historia y otro de Geografía, de los que se utilizan en las escuelas locales. Su lectura siempre proporciona una amplia información que ningún mapa o guía al uso proporciona. En ciertos países, sobre todo en lo tocante a la Historia, algunas lecciones pueden resultar algo chocantes; pero en otros nos aportarán valiosos puntos de vista que posiblemente nunca habríamos considerado. Pero no en todos los países podemos recurrir a esos textos, porque suelen estar escritos en lenguas que no comprendemos, que es lo que ocurre en Marruecos, Sahara Occidental y Mauritania, donde prácticamente todos los libros escolares se editan en lengua árabe. Caso distinto es el de Senegal, ya que en este país, con excepción de las ediciones del Corán que casi siempre se imprimen en la lengua del Profeta, todos los libros escolares se publican en francés, que es el único idioma oficial del país. Las demás lenguas habladas por las distintas etnias de esta nación – wolof, fula, sèrér, diola, mandinga-malinké – tienen la categoría, junto con el inglés y el español, de segundas lenguas. Un buen ejemplo de pragmatismo, sin duda, para ciertos países europeos en los que algunas de sus regiones tienden a priorizar su lengua local. Con todo, amigo lector, no le conviene seguir mi citada costumbre si usted viaja a Filipinas, o a México, salvo que no le importe en absoluto que en los textos escolares de esas naciones se interpreten más que subjetivamente ciertos episodios históricos que conciernen a la nuestra. Pero, prosigamos.
En una grata conversación que mantengo con Amadou Aissa Sy, Responsable de Comunicación de la Universidad Gaston Berger, en Saint-Louis, descubro que sus cuatro mil estudiantes, todos residentes en el campus, alcanzan a fin de curso el  98 % de éxito académico, cota muy superior a la que suelen conseguir los sesenta mil estudiantes de la masificada Universidad de Dakar, la capital. Hablamos de la importancia de la calidad sobre la cantidad; de la colaboración que les presta la universidad española de La Laguna, para que los pupilos de Saint-Louis puedan cursar sus master en Canarias, una vez graduados aquí; y de la asistencia que reciben de la universidad canadiense de Laval, para su vasto programa UVA (Université Virtuelle Africaine) de universidad a distancia. Mientras otros países de su entorno vegetan (Mauritania es uno de ellos), Senegal, con todos sus problemas crónicos – y un índice de esperanza de vida de 55 años – avanza paso a paso. Y España (siento orgullo al constatarlo) no es ajena a este proceso. La creación de nuevos centros de enseñanza altamente informatizados y la buena educación que hoy se imparte entre los jóvenes, permiten esperar un futuro muy distinto para esta nación africana que alberga un 90 % de población musulmana, y es patria de Léopold Senghor, primer presidente elegido democráticamente – en 1960 – del nuevo Senegal independiente; creador del nuevo concepto de “negritud” que se ha extendido por buena parte del continente; y Premio Nobel de Literatura, por más señas. En este año 2006, cumplirá 100 años de edad.
Ahora me gustaría hablarles un poco de Saint-Louis, la antigua capital del país, hoy en elegante y francesa “decadence”, en cuyo emblemático Hotel de la Poste , situado juanto al impresionante puente de hierro, ¡de Eiffel!, que sobrevuela el río, he pasado las más gratas y reconfortantes horas de mi ajetreado viaje.

Y, naturalmente, Dakar, la capital nueva, la súper poblada, la loca de la casa senegalesa.
En Saint-Louis, Mustafá – el joven que me vigila el Jeep día y noche – y Ahmed – el vendedor de artículos de ébano – me gritan “Pepe, Pepe!” cada vez que me ven. Los primeros días de mi estancia en la ciudad, se acercaban para ofrecerme insistentemente sus servicios, o cualquier información que pudiera precisar, a cambio de algún dinero. Pero luego, desde que les advertí (no se cómo se me ocurrió esta tontería) que yo no era un turista al uso, lo hacen sin interés alguno y siguen gritándome “¡Pepe, Pepe!”. Al principio ignoraba que ese saludo responde a una fuerte tradición senegalesa que consiste en pronunciar repetidamente el apellido de la persona conocida, en muestra de respeto para con su familia o tribu. A mi me llaman así porque desconocen mi apellido. Según su cultura, todo individuo es inseparable de su estirpe familiar, la cual continua viviendo a través de él. No es, pues, a un individuo aislado a quien saludan, sino que honran en mi a todo mi árbol genealógico. ¡Poco podían pensar mis antepasados que en el Senegal iban a ser un día tan respetados!
Saint-Louis es así. Acaban de indicarme el modo de llegar al mercado, sin esperar nada a cambio, y encima me quieren invitar a un té con menta. Les gusta un montón que les cuente cómo es España. Mustafá, sobre todo, me escucha tan embelesado que me recuerda a mi nieto Javier, que ya es un hombre pero que de niño me ponía la misma cara cuando le contaba el cuento del gusano Timoteo, inventado sobre la marcha.
De modo que no voy a seguir hablándoles de esta vieja pero encantadora ciudad. Ya se habrán hecho ustedes una idea y seguro que completarán su conocimiento de ella cuando, como sinceramente les deseo, vengan un día a visitarla.
Y de Dakar, ciudad que tuve que recorrer con las manos pegadas en los bolsillos, por si acaso, me limitaré a transcribir lo que de ella dice la excelente guía de Lonely Planet, porque no se puede decir algo mejor. “Alguna gente piensa que Dakar no representa el África real, pero se equivoca. Esta ciudad es el rostro más grande, caótico, sucio, ambicioso, provocativo y sin afeites del continente negro”. Y añade: “Su atmósfera cosmopolita, templado clima, inmensa variedad de bares y salas de fiesta, fascinante mezcla de lo africano y lo colonial francés, así como su arquitectura y la variada gastronomía de alta calidad que ofrece, bien merecen que se la conozca a fondo”.
Sólo podría añadir que durante mi corta estancia en Dakar me abstuve de conversar con extraños. Comí muy bien, eso sí, pero no encontré en sus cafés ni en sus abigarradas calles a ningún Mustafá, ni a un Ahmed que me hiciera prometer que volveré un día a verles.
Echaré de menos a estas gentes cuando me aleje de su río silencioso. Un grupo de gazelles (muchachas), envueltas en sus vistosos bubús, pasan por mi lado sonriendo. Y el harmattan, que hoy sopla con más fuerza en su barrido hacia el mar, levanta sus ligeros velos y los vuelve transparentes. Alhamdoulilá!  Doy gracias a Dios por el regalo de la Vida.

© 2006 José Romagosa Gironella – (Remitido desde Senegal) Publicada en La Tribuna de Ciudad Real, el 16 de Diciembre de 2006

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