“Esos tontos de los c…”


Esta frase, transcrita aquí incompleta, ha sido pronunciada in extenso por un vulgar personaje que cree ser muy demócrata. Lo ha hecho desde la tribuna pública y con expresa alusión a todos los españoles que votan a la derecha. Con razón venimos lamentando que esto de la democracia todavía está muy verde en Celtiberia. Estamos más que acostumbrados a que cualquier político insulte a uno de sus adversarios y a que éste le conteste “tu madre”. Vale. Pero que un político de determinada formación ofenda a la totalidad del electorado de la formación contraria, o sea, a casi la mitad del pueblo soberano, ya pasa de castaño oscuro.

Seguramente que en ninguna otra nación democrática quedaría impune una baladronada de este calado, ya que al pueblo se le respeta, sobre todo, porque la diversidad de ideas que profesa pone precisamente de manifiesto su frontal rechazo a toda clase de dictaduras. De aquí que quien descalifica a una parte de la ciudadanía, desvela su ideal de convertir el grupo en el que milita en una partido único y autocrático. Quien rechaza la diversidad no cabe en la democracia ni en partido democrático alguno; y, si algún partido lo albergara, debería mostrar al menos el coraje de expurgárselo.

Todo político supuestamente demócrata que no logre superar sus injustificadas fobias y prejuicios, debería ser tenido por enfermo. Quienes sufren estas psicopatías no son aptos para ejercer representación popular de ningún tipo, y menos en un sistema como el nuestro que propugna el respeto a todas las formas de pensar como el gran valor democrático por antonomasia. Y no está de más señalar que en la España de hoy tan demócrata es la izquierda, como la derecha; y atrás deben quedar para siempre los anacrónicos conceptos que un día nos dividieron, por más que algunos, como el lengüilargo de marras, gusten de reavivarlos. Somos mayoría, por suerte, los que creemos en los beneficios de la confrontación democrática, de la libertad de expresión bien entendida, y de todos los demás valores que nuestra Constitución consagra.

Y aún hay más. Cuando en un país surgen dos grandes partidos enfrentados, cual es el caso de España, los líderes de uno y otro deberían esforzarse por superar sus fijaciones personales y hallar un lugar común desde el que abordar de consuno los grandes asuntos de estado. Tal vez podrían seguir el ejemplo de aquella pareja aparentemente imposible, protagonista de un instructivo cuento de Benedetti, que no lograba hacer el amor porque él sufría claustrofobia, y ella, agorafobia. No encontraban un lugar donde hacerlo y se creían víctimas de una incompatibilidad insuperable. La fábula concluye felizmente con los dos amantes fornicando en los umbrales. 

© 2008 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  15 de diciembre de 2008
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