El baño de Pablito


No se por qué será pero siempre me llama la atención ese spot televisivo en el que el pequeño de la casa reclama muy seriamente a su madre el derecho de hacer caca en el baño de Pablito. ¿Por qué, con lo crecido que ya está, no podría usar ese baño confortable – y delicadamente perfumado – que usa su hermano mayor?, es la obligada pregunta que me hago como telespectador. Me encanta la cara que pone la madre ante la súbita determinación con que el niño reivindica su lícito derecho, y me congratulo por tanto de que no dude un instante en complacerle. Pero, como me ocurre a menudo con las cosas insignificantes, la simpática escena familiar me lleva a reflexionar sobre otras de mayor calado. Por ejemplo, en que esa situación doméstica, tan naturalmente descrita en el citado spot, sucede en el mundo rico, y que en ningún país del tercer mundo podría reproducirse, por la sencilla razón de que las casas, por llamarlas de alguna manera, carecen allí de agua corriente y de la más rudimentaria instalación sanitaria.
No hay baños de Pablito, ni baños de ninguna otra clase en las casas del mundo pobre, porque los poderosos de Occidente se han empeñado en monopolizar para su disfrute exclusivo todos los adelantos que han desarrollado durante sus últimas generaciones, incluidos esos útiles inventos – como el humilde “water” – que permite a los ricos hacer aguas menores y mayores con el mayor confort y privacidad.
Es lacerante pensar que con una milésima parte del dinero que mueve la industria cosmética mundial (la de los ambientadores para baños), podrían instalarse inodoros en todos los hogares del tercer mundo; erradicarse millones de inmundas callejuelas-cloaca y construirse el necesario alcantarillado y fosas sépticas en todos los países pobres del planeta; o que con un tercio de lo que gana anualmente un rico Epulón – uno solo de los que encabezan la célebre lista de la revista Forbes (que tendría que caérseles la cara de vergüenza) – podría financiarse la citada obra. O que también podría costearse con una ridícula parte de las fortunas astronómicas que se invierten en portaaviones nucleares, misiles, helicópteros “tigre” y demás juguetes a los que tan apegados están esos magnates de la industria armamentística y departamentos de “defensa” que a menudo son los mismos que provocan los conflictos armados y se enriquecen con ellos. 
Hablamos, sí, del hambre que padecen mil millones de seres humanos; de esa maldición del SIDA que diezma sus poblaciones; de la elevada tasa de mortalidad infantil que registran y de una esperanza de vida que con frecuencia no supera los cuarenta y cinco años; pero no nos paramos a pensar en esa otra calamidad, compañera de la miseria, que los nuevos lázaros sobrellevan: la de ni siquiera poder hacer sus necesidades con un mínimo de dignidad. En millares de pueblos y ciudades de África los padres se ven obligados a defecar en presencia de los hijos, y los ancianos bajo la mirada de los nietos. Y admira a los europeos constatar que, a pesar de tan grave vejación, el respeto generacional y la atención a los mayores es en esa parte del mundo ejemplar. ¡Cuánto podríamos aprender, si quisiéramos, del ser humano humillado!

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  8 de marzo de 2010
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