Crónicas de África – y VI – Al Andalus, la gran añoranza islámica


Érase una vez un imperio africano, en un principio bereber, después almorávide y almohade, que señoreó por luengos siglos el Noroeste de África – desde los ríos Senegal y Niger hasta el mar Mediterráneo – y aproximadamente dos tercios de la Península Ibérica. Ocupaba en buena parte el espacio geográfico que otro gran dominador, el Imperio Romano, dejara algún tiempo atrás a medio civilizar.Aquella fuerza poderosa, recién convertida al Islam, que pretendía extenderse por Europa – ¡y llegó hasta Poitiers! – introdujo en la vieja Hispania el refinamiento y el amor por las Artes y las Ciencias que ninguna civilización anterior le había podido inculcar.
No logró su intento de islamizar la Península y más tarde el resto del continente europeo, pero sí el de alumbrar – en Córdoba, Granada, Sevilla…- la más grande de las culturas hasta entonces conocida: el deslumbrante emporio de Al Andalus, que alcanzó a eclipsar el pasado esplendor de Bagdad, Damasco y Bizancio.
Con todo, no fue Al Andalus fruto exclusivo de aquella invasión, sino el feliz resultado de la fusión de dos culturas, o tres, si incluimos la hebrea, las cuales, ora guerreando entre sí, ora conviviendo constructivamente, convergieron en un espacio geográfico y en un periodo de tiempo históricamente propicios. Frente a una Europa medieval, empobrecida por las guerras y las pestes, y permanentemente a merced de invasores extranjeros, ese Al Andalus de las tres culturas brilló con luz propia y admiró al mundo.  
La memoria de aquella época, la más gloriosa de la historia del Islam, y de todo el Medievo, sigue viva y recordada en el mundo musulmán de nuestros días, al igua que el de otros momentos posteriores, los más aciagos de esa historia, que pueden resumirse en la definitiva derrota sufrida por el Islam en las Navas de Tolosa, en 1212, la trascendental toma de Granada, en 1492, y la trágica expulsión de los moriscos en el siglo XVII.
Sobre este último episodio, resulta interesante conocer cómo lo explican hoy a sus alumnos los maestros marroquíes. Les señalan, como razón de la expulsión, la imposibilidad de que los reyes cristianos siguieran tolerando una población dudosamente conversa y susceptible, por tanto, de convertirse en quinta columna de un previsible proyecto de desembarco en España de navíos de guerra turcos.
Son numerosos los signos de este recuerdo de Al Andalus, que, a pesar del paso del tiempo, permanece imborrable en la mente de todas las gentes del Norte de África con los que el viajero español se topa. Hasta el más humilde pastor, que puede ser un ignorante en muchísimas otras cosas, conoce a la perfección esa historia que le enseñaron (en su versión musulmana, como es obvio) sobre lo que para ellos constituye la epopeya descollante de su raza y de su religión. 
Este reportero recuerda, por ejemplo, el enorme interés que estos días ha venido despertando una magna exposición itinerante sobre la Arquitecture Andalusie que se exhibe en las principales ciudades del Sahara, región en la que se fraguó, allá por el siglo VIII, la histórica invasión de la Península Ibérica. Ni las innumerables bellezas arquitectónicas que monumentales ciudades como Fez  o Marrakech ofrecen a la admiración del mundo, alcanzan a despertar en el musulmán de hoy el orgullo y la emoción que su Alhambra de Granada, o su mezquita cordobesa mantienen vivos en su memoria.  
Más de siete siglos de convivencia en Al Andalus, y una consanguinidad que nunca ha sido suficientemente estudiada, han dado como resultado un fuerte parentesco racial entre el pueblo español y el bereber-saharaui, por más que a muchos no les apetezca tratar de ello. De otro lado, son más las coincidencias doctrinales entre Cristianismo e Islam, que los irreconciliables conceptos teológicos que hacen a ambas religiones diferentes. El Concilio Vaticano II, del que tampoco hablamos como merecería, cumplió la histórica función de situar a los tres grandes credos monoteístas en un mismo plano, así como la de reconocer – cosa que no ha secundado el Islam – que los creyentes de buena voluntad de cualquiera de ellas podrá alcanzar la Salvación. Es bueno recordarlo en estas fechas en que los cristianos – 1100 millones de católicos, 900 millones de protestantes y 230 millones de cristianos ortodoxos – despedimos la Navidad; y los musulmanes – cerca de un millón de creyentes – acaban de conmemorar el Ramadán correspondiente al año 1426 de la Hégira.
También sería saludable reflexionar sobre el hecho de que no todos los países musulmanes son integristas, y que muchos de ellos – Marruecos, por ejemplo – está haciendo un gran esfuerzo para evitar que los motivos religiosos sigan esgrimiéndose como arma arrojadiza por esos líderes musulmanes – anacrónicos defensores de la yidah – que amenazan la paz mundial tanto o más que ciertos líderes occidentales que dicen defenderla. Conviene recordar, así mismo, que nuestro mundo cristiano fue un día – por no decir muchos años – fundamentalista. ¿Qué nombre dar, si no, a nuestras cruzadas y a esa fanática locura de la Inquisición?
Hoy son muchos, por fortuna, los musulmanes que entienden y profesan su religión de una forma nueva, basándose en una interpretación del Corán más acorde con los tiempos. Quiera Dios – O Aláh, que es el mismo – que el concepto de “hereje” que el citado Concilio ha venido a proscribir, desaparezca de todos los idiomas, como ya ha desaparecido de un libro singular – L´Islam expliqué aux enfants – escrito por Tahar Ben Jelloun, un musulmán de nuestro tiempo. Trátase de una obra objetiva en la que se explica – no enseña – el Islam y la civilización árabe a los hijos del autor y a todos los niños del mundo, y se les aconseja respetar como a la propia las otras grandes religiones. Se habla incluso en ese libro de ese histórico Concilio ecuménico que declaró solemnemente que también el Islam es depositario de “preciosos valores”.
Los cristianos, aunque nos duela, debemos aceptar la evidencia de que los musulmanes nieguen la naturaleza divina de Jesús y no asuman nuestra creencia en María, Madre de Dios. También debemos comprender que no admitan el misterio de nuestro Dios único, que es a un tiempo trino, porque tampoco nosotros los cristianos lo entendemos muy bien, por mucho que, por obedecer el dogma, afirmemos creer en él. Consuélenos a los cristianos considerar que en el Corán no se omite la figura de Jesús, a quien ven como el profeta que precedió a su Mahoma, ni la de María – Lela Mairén – aunque solo reconozcan su maternidad biológica.
Más conflictiva resulta de cara a la buena convivencia entre cristianos y musulmanes, la misión que en el Corán se asigna a la mujer y, consecuentemente, el inhumano sometimiento al varón que ella sigue sufriendo en buena parte del mundo mahometano; situación que se va viendo gradualmente mejorada en los países que van experimentado un mayor progreso democrático. Viene a cuento recordar aquí que fue en esa sociedad andalusí que antes glosábamos, donde la mujer musulmana conoció su momento álgido de igualdad con respecto al varón. Y es que el verdadero progreso siempre se manifiesta a través de múltiples facetas. Basta leer El collar de la paloma, del andalusí Ben Hazm, para calibrar el respeto y la consideración con que a la sazón se trataba a la mujer. Y sería justo preguntar por qué la decadencia del Islam, tras la pérdida del emporio andalusí, conllevó la pérdida, por parte de la mujer, de la dignidad social que ya había alcanzado. 
La mundialización a la que tendemos, y el buen ejemplo que ya están dando algunos países de mayoría musulmana, contribuirá a reducir la magnitud de este problema – la marginación de la mujer – que ha pasado a constituir uno de los mayores obstáculos para la convivencia de distintas culturas en nuestro siglo XXI. No es éste, pues, el menor de los lastres que África deberá sacudirse.
Con todo, el quid de la cuestión africana seguirá residiendo en la mejor o peor fortuna, o en la mayor o menor libertad que los pueblos puedan tener a la hora de elegir a sus dirigentes políticos, pues son éstos, por lo general, quienes impiden el auténtico desarrollo de los pueblos del Tercer Mundo. Y, por último, lamentar que la ONU, útil algunas veces para el sostenimiento de la paz, resulte siempre ineficaz cuando se trata de construirla.

Remitida desde Peralvillo

© 2006 José Romagosa Gironella
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 07 de enero de 2007
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