Carta a un niño que nunca nació


Las noches de Semana Santa, y estos días de abril que ya van oliendo a libro, son propicios para releer alguna de esas obras que un día nos conmovieron. Al regresar a sus páginas con unos años más a la espalda, comprendemos el acierto de aquel impulso que nos movió a guardarlos. Esta vez le ha llegado el turno a un opúsculo de Oriana Fallaci, cuyo título, curiosamente, coincide con el de esta columna. Mientras el libro reposaba en mi librería, han pasado muchas cosas. Un servidor es tres décadas mas viejo, una cruel ley del aborto ha sido promulgada en mi país, y la célebre periodista italiana, su autora, ha fallecido. Escrito a lápiz en su página en blanco de respeto, leo: «9-8-82, vuelo Madrid-Nueva York». En efecto, recuerdo haberlo comprado ese día en un quiosco de prensa de Barajas, y, en particular, las horas que pasé leyéndolo, absorto, en aquel pájaro metálico. Conseguí en esa ocasión no adquirir uno de esos infumables best sellers que tantos viajes me habían arruinado. Y fiel a mi incorregible costumbre de poner notas en los libros, escribo, debajo de la antigua anotación, este dato que consigo en Internet: «Oriana Fallaci falleció en Florencia, su ciudad natal, el 13 de septiembre de 2006, víctima de cáncer». Influido por los benéficos mensajes aprehendidos de esta última Semana de Pasión, y sobre todo por sus palabras cruciales -Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida- esta última lectura de la confesión de la malograda periodista me ha apenado en extremo. Su libro, editado en el 75, está dedicado, expresamente, «a cuantos se plantean el dilema de dar vida o negarla»; y sus páginas, aunque se presentan en forma de carta, recogen las «conversaciones» que la autora mantiene con el hijo que crece en su seno, y que llega a alcanzar, antes de morir trágicamente, los tres meses de su existencia prenatal. No quiero entrar en el íntimo monólogo de Oriana con su hijo, porque es terrible el debate que con él mantiene sobre si acabará matándolo, o le dejará nacer. Tampoco quiero abordar análisis alguno sobre ese sueño que la escritora nos relata, en el que, con el hijo ya muerto en sus entrañas, se ve sometida a un juicio en la que ella es la encausada. El juzgador, personalizado por el buen médico que había visto todas sus recomendaciones rechazadas, (sic) se levanta y empieza a leer un papel: En presencia de la acusada, este jurado se reúne para juzgarla por el delito de homicidio premeditado, por haber querido y provocado la muerte de su hijo por desidia, egoísmo y falta del más elemental respeto hacia su derecho a la vida ….
Las doce páginas que siguen a esa acusación, y que describen el desarrollo del onírico juicio, deberían ser leídas atentamente por cuantos se plantean la disyuntiva de dar la vida o negarla. ¡Ojalá que la sincera confesión que Oriana nos legó en su libro, le hayan valido para acogerse a la misericordia divina! Pero, ¿tendrá Dios misericordia de un endiosado presidente de un gobierno que alentó la decisión errónea de centenares de miles de madres españolas?  

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  5 de abril de 2010
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