El idioma y las meninges


El idioma y la mente tienen en común que los humanos sólo utilizamos una mínima parte de su inmenso potencial. Respecto al cerebro, aseguran los expertos que apenas aprovechamos el tres por ciento de su capacidad; y en cuanto al idioma, es evidente que el uso extremamente restringido que hacemos de él, o el directamente incorrecto, limita nuestras funciones cognitivas y discursivas. La consecuencia de ello no es otra que un razonamiento deficiente, falto de rigor semántico, y su inevitable secuela: una dificultad añadida a la hora de comunicarnos y entendernos. De aquí que las sociedades más cultas, aquellas que mejor uso han conseguido hacer del pensamiento y del lenguaje, sean las que han alcanzado un mayor grado de convivencia, organización y, en general, de desarrollo humano.
Como país poco distinguido por el hábito de la introspección – situación tal vez debida al clima y a nuestro extrovertido estilo de vida – España es una de las naciones que más maltrata su idioma. Comparándolo con Francia, o Inglaterra, defensoras a ultranza de sus respectivas lenguas, nuestro país sobresale por la nula protección que la lengua española recibe de sus instancias oficiales. Multitud de bustos parlantes lo ponen de manifiesto a diario, a través, sobre todo, de los medios de comunicación.
Es posible oír, de boca de un presentador de televisión (Protagonistas), una expresión como ésta: «….(fulanito) no se atiende a las consecuencias…», donde el verbo «atender» suplanta al reflexivo «atenerse». O a una terapeuta televisiva advirtiéndonos que una mala postura ante el ordenador puede acarrearnos malformaciones «congénitas». (Nunca habríamos supuesto que los efectos de una mala posición pudieran ser tan retroactivos). Nada nos sorprende ya que toda una ministra de Cultura nos diga que ha sido cocinera antes que «fraila», que el español está lleno de «anglicanismos», o que «el Rocío es la explosión de la primavera en el Mediterráneo». Tampoco nos altera escuchar a un maestro de Segunda Enseñanza que, hablando de los problemas de la educación, incurre en inaceptables dequeismos, o repite cuatro veces el adjetivo «importante» en su intervención de diez segundos.
El prolífico novelista Arturo Pérez Reverte ha señalado que «los españoles no tienen la culpa de ser incultos, o no la han tenido hasta ahora». Se refiere a que antaño sólo podían estudiar los hijos de familias acomodadas, mientras que hoy, con la enseñanza gratuita, la cultura está al alcance de todos. El problema es que ahora son pocos los que verdaderamente quieren estudiar. La cultura del esfuerzo feneció cuando empezamos a creernos ricos, y la búsqueda de la excelencia se está viendo sustituida por el culto a la mediocridad. Llegar a ser funcionario es, lamentablemente, el sueño dorado de la inmensa mayoría de nuestros universitarios. Y pocos nos atrevemos a reconocer que Jauja ha pasado a la Historia y que un 30 por ciento de fracaso escolar es un problema tan grave como el 20 por ciento de paro, porque vamos a precisar gente muy bien formada para deshacer tanto entuerto. 

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  12 de abril de 2010
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