“Guerracivilismo”


El historiador Giuliano Bonfante, estudioso de los pueblos ibéricos, constataba, en 1965, que si bien españoles y portugueses compartimos ciertas características, tales como la ausencia de prejuicios raciales y la facilidad de adaptarnos a diversos climas, existen importantes diferencias entre nosotros. Mientras los portugueses – observaba – se han labrado justa fama de flexibles y dialogantes, los españoles son en extremo orgullosos y están siempre dispuestos a reaccionar violentamente ante cualquier agravio. 
Podríamos apostillar que nuestra cruenta guerra civil en la segunda parte de los años 30, y la pacífica “revolución de los claveles”, de abril del 74, ofrecen el mejor ejemplo de aquellas diferencias. Tal vez con menos orgullo y con algo más de mano izquierda, habríamos podido evitar aquella guerra fraticida y los estrepitosos desastres que España tuvo que sufrir, unas décadas atrás, en Cuba, Filipinas y Norte de África. 
Ya en pleno siglo XXI, y viviendo bajo una Constitución democrática que ha cumplido treinta y un años, un servidor se declara incapaz de entender que alguien siga identificándose con uno u otro de los bandos que en aquella guerra demencial se enfrentaron a degüello, y sigue adhiriéndose al criterio que en 2005 defendiera don Gabriel Cardona, profesor de Historia en la Universidad de Barcelona, en el sentido de que (sic) “no sólo existían dos Españas en aquellos años, porque había una tercera y mayoritaria España que nunca se habría lanzado al cuello de sus enemigos; que sólo quería vivir, pero que fue arrasada por la guerra, la revolución y las diversas represiones”.
El propio léxico de nuestro idioma es sintomático. La mayor parte de vocablos y términos que tienen que ver con la crueldad, la guerra, o las acciones desestabilizadoras, son de origen español: garrote vil, quinta columna, golpe, pronunciamiento, guerrilla, pucherazo, generalísimo, junta militar, semana trágica, etcétera. ¡Qué triste palmarés! No obstante, seguimos inventando términos enemigos de la buena convivencia, que, más tarde, como ocurre con los ya citados, pasarán a utilizarse como españolismos en todas las demás lenguas.
El último término acuñado – “guerracivilismo” – ya se ha convertido en nueva arma arrojadiza de usos múltiples. ¿Cuándo abandonarán la escena los políticos inservibles, esos que reavivan la involutiva idea de las dos Españas de Larra, y veremos aparecer en ella eficaces gestores sin soberbia, capaces de devolvernos la esperanza?

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  19 de abril de 2010
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