La amargura tiene cura


Ahora que un mundial de fútbol ha conseguido el prodigio de devolvernos la bandera y de que la gran mayoría de los españoles volvamos a sentirnos una «piña», uno abriga la esperanza de que los amargados sin causa recuperen la alegría.
Los que insisten en atacar a la Iglesia, simplemente porque no creen en Dios ni en la bondad del mensaje cristiano, son a la postre unos amargados (y no lo digo con acritud, sino con fraterna condolencia). Quien se declara irremisiblemente «condenado» por el antiguo catecismo del Padre Ripalda, apenas por ser «liberal», es un pesimista nato que no ha entendido esa doctrina que dice rechazar y es incapaz de valorar la inmensa labor de la Iglesia a lo largo y ancho del mundo. Quien insiste en la idea de que el Vaticano promueve la pena de muerte, por más que veamos hasta la saciedad los esfuerzos que hace la Iglesia para erradicarla en el resto del mundo, no es que sufra de ceguera: es que es ciego vocacional.
La actual doctrina cristiana (que sigue admitiendo, sólo en casos extremos y cuando ya se han agotado todos los demás recursos, una acción cruenta en propia defensa de la persona, o en la de su prole), sostiene, en cuanto a la pena de muerte ordenada por un tribunal civil, que «la autoridad pública tiene suficientes medios incruentos para defender a la sociedad del agresor». ¿Puede confundirse esta doctrina con la del fomento de la pena de muerte? Hay que estar muy amargado para optar por tan injusta interpretación, cuando tal doctrina viene exhaustivamente razonada en los artículos 2266 y 2267 del nuevo Catecismo, para quien quiera leerlos de buena fe.
Quien afirma que «no miente» al afirmar que la Iglesia Católica está por la pena de muerte, debería antes aclararnos qué entiende por «muerte», pues podría ocurrir que la muerte quirúrgicamente provocada de un nasciturus no constituyera una «muerte» para él. Y entonces sí que este columnista tendría un impedimento muy serio para seguir debatiendo con él sobre estos temas. Le sería imposible tratar con un señor que, tras afirmar que el comunismo es una religión al nivel de la Religión Cristiana (como hace en su artículo del lunes pasado), no considerara un homicidio privar de la vida a un ser humano que ya siente, padece y da patadas.
Por último, decirle a mi amigo Luis-Domingo que no se sienta condenado por ese catecismo que leyó. Porque, aunque le divierta el papel que ha elegido de hoz y martillo del Cristianismo castellano-manchego, Dios, en su inmensa misericordia, nos da toda la vida de plazo para dejar las tonterías a un lado. Y sería una pasada, amén de un gran placer (aunque no hay la menor prisa), coincidir con él en esa nueva dimensión donde estaremos eternamente de acuerdo.

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  19 de julio de 2010

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