Enseñar a pescar


Como reza un proverbio conocido, vale más enseñar a pescar que regalar peces. La solidaria idea ha sido puesta en práctica en Ciudad Real, a iniciativa de un muy joven y nuevo empresario llamado Julián Martín, con la colaboración del Ayuntamiento capitalino, la cadena de radio COPE y otras empresas y entidades, al objeto de materializar una importante ayuda a veinticinco familias paupérrimas de Mozambique. El original proyecto, estrenado el pasado día 12 en la  Terraza Hierbabuena de la Atalaya ciudadrealeña, consistió en una exitosa fiesta de verano, bautizada con el nombre de “Noche Blanca”, en la que todos los asistentes debían vestir de blanco. El programa incluía una estupenda atracción de cante y baile flamenco (ofrecida gratuitamente por el grupo de la celebrada artista Sonia Olla), y un abundante “catering”. La entrada era así mismo gratuita, pero se solicitó un donativo voluntario a los asistentes, que en opinión de este columnista superaron las trescientas personas.
O sea que la recaudación benéfica tuvo que ser sustanciosa.
Como anunciaron Soky Silveria, de la COPE, y el propio Julián Martín, creador de la fundación “Ahora Ciudad Real”, la recaudación se destinará a la implantación, con la ayuda y garantía de “Manos Unidas”, de un primer taller de costura en el citado pueblo mozambiqueño, en el que, cada año, veinticinco mujeres, sin ingreso alguno en la actualidad, podrán aprender a coser a máquina y unas nociones básicas de corte y confección, para así poder generar esos dineros imprescindibles de los que hoy carecen. Veinticinco mujeres, o lo que es igual, veinticinco familias, podrán de esta forma paliar todos los años la miseria. Iniciativa que, según el infatigable teniente de alcalde Juan Caballero, honra a sus patrocinadores y  podrá eventualmente repetirse en años sucesivos, como acto de arrancada de las Fiestas Patronales de la ciudad. Esta primera “Noche Blanca” no sólo ha venido a demostrar una vez más  la solidaridad de los ciudadrealeños y su preocupación por los pueblos que sufren en el Tercer Mundo, sino la vigencia y viabilidad del proverbio citado más arriba.
Tal vez este columnista se haya sentido particularmente sensibilizado por esta altruista iniciativa, debido a que su bisabuelo materno, industrial catalán de finales del siglo XIX – don Miguel Escuder i Castellar -, que fuera el primer fabricante español de máquinas de coser, regalaba a mujeres necesitadas de Barcelona – según le contaba su abuela – una de sus máquinas de coser por cada máquina que vendía.

 

 

Cada unidad entregada gratuitamente significaba una familia salvada de la pobreza. Al autor de estas líneas siempre le ha enorgullecido saber que la largueza de su antepasado fue la causa de su anunciada ruina posterior y del obligado cierre, ya al término de sus días, de su filantrópica empresa. Fueron millares las familias barcelonesas que lograron salir adelante gracias a aquel industrial a quien la Regente Dª María Cristina quiso otorgar, sin lograrlo, el título de marqués. Y digo “sin lograrlo”, porque el bueno de don Miguel, hombre sencillo y autodidacta, contestó al ministro José Canalejas (en carta autógrafa que aún se conserva en los Archivos de la Nobleza) que si bien agradecía el gesto de Su Majestad, su condición de abogado de la clase obrera y de pionero en la defensa de la jornada de ocho horas, le impedían aceptar aquel título. Las únicas condecoraciones – añadía en su misiva – que se sentía digno de ostentar, eran las manchas de aceite que solían decorar la pechera de su “granota”, es decir, de su mono de trabajo. Y es que aquel fabricante de máquinas de coser, natural de Terrassa por más señas, entendía que no podía aceptar recompensa alguna por haber ayudado a los más débiles a lo largo de su vida. La mano derecha – venía a decirle al ministro – no debe beneficiarse de lo que hace la izquierda.
 Era la época de la Exposición Universal de 1888, acontecimiento que constituyó una especie de puesta de largo internacional de la industria catalana.

 

Cartel de la Exposición Universal de Barcelona - Año 1888

 

La “Noche Blanca”, pues, me ha parecido sucesora de aquella acción igualmente abnegada de mi bisabuelo. Y celebraría que los bisnietos de quienes hoy han vuelto a emularla, aún sin saberlo, puedan sentirse igualmente orgullosos de su estirpe. No en vano suele decirse que debemos velar por nuestras acciones, porque nuestra reputación no es algo que nos pertenezca en exclusiva: debemos verla, sobre todo, como un préstamo o fideicomiso que nos hacen nuestro nietos. Sólo disponemos del usufructo. Ojalá que algunos políticos corruptos lo entendieran así, para no dejar pringado para siempre su linaje.
Parafraseando el título acuñado por Julián Martín para su solidaria organización, le ha llegado el momento a nuestra ciudad. ¡Ahora, Ciudad Real! Ah, y…¡Felices Fiestas a todos!

 Artículo para el “Especial” de La Tribuna – Agosto

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