La única verdad de Castro


No es preciso recordar que el régimen de Fidel Castro es el último baluarte de la ex Unión Soviética que aún queda por barrer. La romántica Revolución que lograra acabar con el dictador Batista, se ha trocado en otro totalitarismo salvaje que ni el omnímodo poder del Imperio ha conseguido aniquilar. Todo el mundo occidental, con muy raras excepciones, condena al dictador cubano y admite la evidencia de que para tan miserable viaje no hacían falta tantas alforjas. Castro ha traicionado a un pueblo, ansioso de libertad, que un día, cuando ya arañaba con los dedos su anhelada autonomía, soñó con ser independiente. Los efectos de aquella guerra hispano-cubana-estadounidense (la Spanish-American War, en realidad) que siguió, fueron más funestos para Cuba que para la propia España, si cabe. El  Desastre del 98 significó la gran derrota de España; pero también le señaló el camino hacia su única salvación posible como nación. Para la Perla de las Antillas, en cambio, apenas marcó el inicio de un siglo de esclavitud. Y para el vecino norteño, Cuba ha sido en el siglo XX, y sigue siendo (lo llevan bien merecido), la eterna avispa en el ojo.
Tras este telegráfico resumen, y todos los engaños que han caracterizado el reinado de ese retoño bastardo de un emigrante gallego, me interesa destacar en esta columna lo que, en mi modesta opinión, podría constituir la única verdad pronunciada por el dictador de marras hasta la fecha. Me refiero al último comentario del comandante sobre el inminente peligro de una tercera guerra mundial que hoy se cierne, según él, sobre la Humanidad. Y lo quiero mencionar porque la evolución de la guerra de Afganistán, la expansión imparable del terrorismo islámico y la alta probabilidad de que Irán fabrique sus propias armas nucleares, hacen más que plausible su pronóstico.
De otro lado, nuestro pesimismo crece al constatar el estrepitoso fracaso de las políticas encaminadas a la gradual integración de inmigrantes musulmanes en el mundo occidental. Crece, sobre todo, al descubrir que ni siquiera la hospitalidad de los países receptores se agradece y que, con harta frecuencia, no todos los inmigrantes llegan a nuestros países desarrollados con el único afán de mejorar su nivel de vida y el de sus familias: algunos, obedientes al expansionismo islámico, vienen con la prefijada consigna de actuar como caballos de Troya y ya han logrado establecer grupos más que peligrosos. Su estrategia, que tienen bien estudiada, consiste en capitalizar en favor del Islam las debilidades legislativas de nuestros sistemas democráticos. Y el peligro va in crescendo. Finalmente, el aumento de la población musulmana, en Europa y Estados Unidos, parece un hecho imparable.  
Quiera Dios que nunca tengamos que admitir que Castro, siquiera por una vez, dijo algo coherente.

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  13  de septiembre de 2010

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