¡Viva España, carajo!


Parece ser que Chile, ese angosto país que invita a caminar de lado, me la tiene jurada. Por dos veces me hizo temblar en 1977, debido, la primera vez, a la aparatosa detención por la policía de Pinochet una noche en que, ignorando la hora en que vivía, regresaba andando a mi hotel ¡en pleno toque de queda!; y, la segunda, a ese terremoto grado seis que me hizo saltar literalmente de la cama y que terminó a cielo abierto, con toda la clientela del Carrera Sheraton pululando en paños menores por la calle. Lo primero me sucedió en julio, y lo segundo en noviembre del aquel año. Dos sustos, como les digo, para ponerse a temblar, incluso al rememorarlos.
Y, ahora, esta tercera ocasión – la del angustioso rescate de los treinta y tres mineros del desierto de Atacama – que ha tenido al mundo en vilo desde el pasado mes de agosto.
Acabada por fin la pesadilla, un servidor celebra haber podido constatar el valor del esfuerzo y de la solidaridad humana, y del trabajo bien hecho que se convierte en proeza. Y también se alegra de haber podido extraer curiosas reflexiones de esa terrible catástrofe de feliz final.
La primera de ellas se refiere a la envidiable ausencia de blasfemias y palabras mal sonantes, durante todo el proceso del recate. La única interjección fuerte, pero de patriótica resonancia, fue la pronunciada por el presidente de la república chilena al ver coronados con éxito los trabajos: “¡Viva Chile, mierda!”, exclamó, emocionado. Y un servidor, ante el resucitado fantasma de una España humillada, piensa que le agradaría ver a un presidente español tronar hasta quedarse ronco: “¡Viva España, carajo!”. Siquiera por una vez. 
La segunda reflexión tiene que ver con el detalle de que muchos de los mineros se santiguaran al verse sanos y salvos tras su interminable encierro, y que el propio presidente de la república insistiera varias veces en dar gracias a Dios públicamente, y en primerísimo lugar, por haber hecho posible el ansiado desenlace.
La tercera – y la última, porque esta apretada columna tampoco da para más – fue la constatación de que prácticamente todos los apellidos de los mineros rescatados son de estirpe española: Ávalos, Heredia, Gómez, Peña, Sepúlveda, Bustos, Contreras, Ibáñez, Urzúa…  Apellidos de soldados o colonos españoles que un día, como ocurriera en toda la América Hispana, no dudaron en unirse a mujeres indias y en fundar una nueva raza. Dato harto elocuente para quienes, envidiosos de nuestro fecundo mestizaje, pretenden difundir la especie de un “genocidio español” que nunca tuvo lugar. 
Tres reflexiones que nos confirman la paradoja de que nuestra prole de allende el Atlántico ha sabido conservar, mejor que la madre patria, los valores fundamentales – Fe, Lengua y Conocimiento -que hace siglos les legamos.   

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  18  de octubre de 2010

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