Lepanto, hito histórico


Se han cumplido 439 años de la célebre batalla en la que la Cristiandad, embrión entonces de lo que hoy llamamos ‘Occidente’, zanjó el avance del Islam; y una década de aquel IV CINDAC – Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas – que celebramos en Lepanto del 1 al 7 de octubre del 2000. La efeméride me trae el recuerdo, en primer lugar, del entrañable grupo de cervantistas manchegos que asistieron al encuentro y con el cual, entre ponencia y ponencia, pude un día surcar las mismas aguas del golfo de Corinto en las que tuvo lugar la histórica batalla.
A ninguno de los que formamos la manchega ‘embajada’ nos será fácil olvidar el magnífico Congreso, celebrado en un monasterio ortodoxo que desde lo alto de un promontorio señorea todo el mar, ni el pintoresco acto oficial de homenaje a Cervantes que se desarrolló en el viejo puerto. ¡Qué hermosa fue la conjunción en aquel escenario de opereta de un centenar de cervantistas llegados de diversas partes del mundo, y de ese otro centenar de marinos de la dotación de sendas corbetas que las Armadas de España y Grecia habían destacado al lugar!
Como me sucede a mi, dudo que ninguno de los congresistas que viajaron desde la Mancha pueda algún día olvidar tan gratísima experiencia. Me refiero a Francisco Javier Campos Fernández de Sevilla, Pilar Serrano de Menchén, Lorenzo Menchén Madrigal, Justiniano Rodríguez, y su esposa Joaquina; Joaquín Muñoz e Isabel Fernández, y las jóvenes quijotesas Pilar Menchén Serrano y Ana Belén Gabaldón; sin olvidarme del capellán Valverde, de la corbeta española, que resultó ser oriundo ¡de la molinera Mota del Cuervo!
Allá quedó, plantada con todos los honores – el de las Letras y el de las Armas – para la posteridad, una bella escultura de bronce de don Miguel de Cervantes, en actitud de alzar su pluma a los cielos, inspirada obra del artista Javier Mir.
Y, por no faltar, tampoco faltó en nuestro grupo un original congresista que quiso homenajear a don Miguel desde su doble devoción de cervantista y soldado, vistiendo para la ocasión el uniforme de oficial de la Marina de Guerra Española que vistiera en su juventud, cuarenta años atrás. Le cupo el honor, a pesar de peinar canas – y de forzarse algo el reglamento – de obtener el permiso del comandante de la ‘Vencedora’ para sumarse a la formación como un joven marino más.
Si usted, amigo lector, viaja algún día a Lepanto, no olvide dejar una rosa al pie de ese monumento que un día plantara en su puerto un grupo de entusiastas manchegos. Y si lleva usted dos rosas, arroje la segunda al mar en recuerdo de ese español sin par que fue heroico en el combate, mucho antes de alcanzar la cima de la gloria en las Letras. Un servidor, por su parte, ruega al Cristo de Lepanto, reliquia de aquella batalla (a cuyos pies fue cristianado allá por 1935), que haga que Catalunya siga sintiéndose española; y que, junto a la Virgen del Pilar, derrame mañana sus bendiciones sobre nuestras Fuerzas Armadas.

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  11  de octubre de 2010

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