Una última reflexión


Un país en el que sus gobernantes manipulan a capricho la opinión de los ciudadanos (la de los menos cultos, naturalmente), no puede llamarse democrático. Un Gobierno que acapara gran parte de los medios de comunicación, impone su voluntad por decreto y se niega a reconocer sus errores, no es digno de ese apelativo.
El reciente cierre del espacio aéreo español, motivado por la incapacidad gubernamental de aumentar el número de controladores aéreos, nos ha dado buen ejemplo de lo que un Gobierno que se precie nunca debería hacer. No ha sido capaz el Gobierno, a pesar de haberse comprometido a hacerlo, de formar esos centenares de controladores cualificados que el personal de AENA reclamaba para reforzar los equipos de control y adecuar los servicios a la realidad del tráfico aéreo.
Estos son los hechos ciertos. La factura que el Estado de Alarma decretado ha pasado a nuestro Gobierno, ha sido hábilmente endosada a los mismos profesionales que durante años venían denunciando la situación como algo insostenible. Y a este columnista le parece muy injusto que sean ahora los controladores – ese “club de señoritos” de privilegiados salarios, según algunos – los que catalicen las protestas y el rencor de la ciudadanía. La gente se ha olvidado del alto grado de responsabilidad que conlleva el oficio de controlador aéreo.
Todos los españoles, antes de comulgar con ruedas de molino, deberíamos tener la posibilidad de visitar una torre de control en cualquier momento álgido (que son todos) de esa tensa jornada laboral en la que los controladores se concentran en su complejísima tarea. Tienen que ordenar el tráfico de todos los aviones en tierra que solicitan despegar y de cuantos, sobrevolando el aeropuerto en distintos niveles de espera, pretenden aterrizar. Deberíamos verles trabajar bajo la tensión permanente de tener que mantener su atención en multitud de factores diferentes, tales como las condiciones meteorológicas, la intensidad del tráfico, la comunicación con los comandantes de varias aeronaves a la vez y la constante realización de cálculos logísticos, sin pasar por alto la necesidad de coordinar sus decisiones con las de sus compañeros de la propia torre y con las de los responsables de otros centros de control aéreo.      
Contrariamente a lo que se ha hecho creer a los ciudadanos, y en particular a los usuarios afectados, los controladores no protestaban por su paga, sino por las excesivas horas extras que se ven obligados a devengar en un oficio del que depende, día tras día, la seguridad de centenares de vuelos y la vida de millares de personas. A nuestros controladores no se les caen los aviones, mientras que a nuestros gobernantes se les cae todo el país sin que nadie les pida responsabilidades penales por ello.

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  14  de diciembre de 2010

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