Perpetuarse en el poder


Cada día vemos con mayor claridad que el apalancamiento en el poder es causa de muchas corrupciones. No hace falta recordar los innumerables casos de veteranos gobernantes corruptos que nos ha brindado la  reciente historia del mundo para constatar, con el profesor S.H. Alatas, o la politóloga Donatella della Porta, que la corrupción se ha tornado en un fenómeno transversal, ampliamente extendido, que no distingue de países, sistemas sociales ni ideologías políticas. El castizo aforismo de mi patria chica – la pela es la pela – ha pasado a sacralizarse en casi todos los ámbitos de la vida humana.
España ocupa el trigésimo lugar (año 2010) en el ranking de corrupción de Transparency International. Es decir, que aún hay 148 países con un grado de corrupción más alto, dato que da mucho que pensar sobre lo mal que marcha el mundo. No obstante el hecho de que España aún podría estar mucho peor (tenemos margen), es preocupante, sobre todo, la siguiente observación que sobre nuestro país ha hecho TI: “La deslegitimación de las instituciones se presenta como uno de los efectos más graves de la corrupción“.  

Otra causa de alarma debería ser el hecho de que la ciudadanía española, y la de otros países de nuestro entorno como Italia y Grecia, se están acostumbrando a vivir con la corrupción política y se vuelven, gradualmente, más tolerantes con ella, como si se tratara de un mal inevitable. Como advierte Della Porta, se han ido consolidando en nuestros países los círculos viciosos clientelismo-corrupción-clientelismo y mala administración-corrupción-mala administración, que benefician a intereses particulares e impiden su normal desarrollo colectivo. Denuncian, además, la negativa circunstancia de que los gobiernos centrales, carentes de la suficiente mayoría, se han visto forzados a ceder una parte de su poder a oportunistas “brokers” periféricos (caciques, en España; mafiosi, en Italia; comatarhis, en Grecia) que son, en definitiva, quienes han dado la forma que deseaban al actual orden social.
Otro dato que todos los analistan ponen de relieve, es el del apalancamiento en el poder. A más tiempo en el poder, más corrupción se produce. El gran problema a resolver, según ellos, no es la corrupción en las democracias liberales de Occidente, sino la corrupción política de esas democracias. Se trata, pues, de un problema que paradójicamente se genera en el seno de las propias clases gobernantes.
Ciñéndonos a España, la confusión se acrecienta cuando vemos (verbigracia) manifestar a un presidente autonómico como don José María Barreda, que “ocho años en el poder son más que suficientes”, en referencia a la negativa del señor Rodríguez Zapatero a convocar elecciones generales anticipadas, pero especialmente sobre sus intenciones de presentarse o no a las mismas. La claridad del castellano-manchego referida a su jefe de filas socialista, no se compadece con su pasividad ante la intención, manifestada por el actual alcalde de Miguelturra – ¡que lleva 32 años en el cargo! – a presentar por novena vez su candidatura en los próximos comicios municipales. Otro problema crónico de España: la doble vara de medir y su discrecional aplicación a todo el escalón político.

© 2011 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 28 de febrero 2011

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