Ignorancia supina


Cuando una cualidad negativa es muy grande, o está en su grado máximo, la calificamos de “supina”. Así podemos afirmar que un país como España, que sigue sin conocer un sistema de educación mínimamente aceptable, padece una ignorancia supina. Dan envidia esos casi treinta lugares que nos separan de Finlandia, el país del mundo que ha sabido dotarse del mejor sistema educativo y que desconoce por tanto la lacra del fracaso escolar y, más tarde, del profesional. Parece ser que el secreto de su éxito radica en la muy alta formación de sus maestros, a la que el Estado dedica su atención más preferente. La profesión más valorada en ese país es la de enseñante. No en vano su preparación académica debe incluir, por lo menos, seis años de especializados estudios superiores. Es como si un abismo separara, en este ámbito, España de Finlandia; pero ninguno de nuestros políticos se preocupa lo más mínimo por estudiar un sistema de enseñanza que ha probado ser el mejor.
Otra característica importante de ese sistema educativo, consiste en la sustitución de la vieja idea de competitividad en las aulas por el concepto de solidaridad entre alumnos, y entre éstos y su profesor. No es admisible para un enseñante finés que una parte de los alumnos se retrasen en su proceso de adquirir conocimientos. Cuando esto ocurre, tanto el profesor (o profesora) como los compañeros que progresan adecuadamente, se esfuerzan por ayudar a los alumnos con peores notas, hasta lograr su equiparación con los de mayor aprovechamiento. Esta premisa, de obligada atención en todos los centros de enseñanza de ese país – en el que apenas hay centros privados – tiene su repercusión no sólo en el proceso de conseguir un éxito escolar generalizado, sino también en el ámbito de la formación cívica de la persona. El alto nivel formativo del enseñante, de otro lado, influye en el trato de respeto que el profesional recibe – sin necesidad de exigirlo – de sus alumnos y de los padres de éstos.         
Dicho con otras palabras, las leyes finlandesas que regulan la Educación han apostado por la búsqueda de la Excelencia, empezando por la alta capacitación de los maestros y siguiendo con el alumnado. Por último, la libertad religiosa se practica a rajatabla sin problema alguno, y se respeta el derechos de los padres a decidir sobre la formación espiritual de los hijos. Así de fácil. Los políticos de Finlandia han entendido con naturalidad – y no como lo entienden sus homólogos españoles – lo que monseñor Aguer predica en Hispanoamérica: que “cuando la cultura se descristianiza, la sociedad queda a merced de las fuerzas disolventes desencadenadas por las ideologías”. Gracias a que así lo entendieron en Finlandia, no hay conflicos sociales en el país, no hay gente descerebrada que blasfeme como en los bares de Castilla-La Mancha, son contados los casos de corrupción o malversación de fondos públicos, y no hace falta llamar la atención a nadie por su comportamiento cívico. Finlandia cultiva sus generaciones de jóvenes con el mismo esmero que aplica a la explotación de sus inagotables recursos forestales: plantando siempre más pinos finlandeses de los que tala.  Es decir, con sentido común y … sumando. 
© 2011 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 25 de abril de 2011
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