Orgulloso de ser de derechas


Me he pasado la vida intentando no ser de izquierdas ni de derechas. He conseguido no dejarme llevar por el recuerdo de una guerra civil que obligó a mi padre, empresario barcelonés, a pasar tres años oculto lejos de casa. No he querido pensar en que si aquellos milicianos que venían a registrar mi casa hubieran descubierto su escondite, lo habrían fusilado. Pasada la guerra, jamás conseguí que me hablara de su largo confinamiento. No quiso mi padre inculcarnos sentimiento alguno negativo hacia aquella media España que había buscado su muerte. Tampoco a mi madre le oí jamás una palabra de lamento, y mucho menos de rencor. Siendo la mía una familia de larga tradición cristiana, siempre atribuí esa actitud de mis padres al saludable ejercicio del perdón, como Dios manda.

Es curioso que cuando un columnista va frisando los ochenta no pueda a veces evitar que sus artículos se tornen autobiográficos, como las tediosas “guerritas del abuelo”. Es imposible disociar la reflexión de lo que uno ha vivido y ha sentido. Permitidme, pues, que añada que nunca he dejado de ver como a hermanos a esos “vencidos” que marchaban, hambrientos y andrajosos, por la carretera de Port Bou, hacia el “refugio” francés. Aunque entre ellos hubiera podido estar aquel que habría fusilado a mi padre si lo hubiera capturado, siempre he acusado en mis entrañas un profundo sentimiento de tristeza al contemplar esas imágenes amarillas de aquel éxodo. No, amigos lectores, gracias seguramente a mis padres no siento rencor ni odio hacia ellos: sólo la más honda tristeza por una guerra fraticida que nunca debió producirse.

De igual forma que respeto a una clase conservadora que creó empresas y empleo cuidando al trabajador, respeto, aún más si cabe, la memoria de aquellos que se dejaron la vida en las tierras yermas de Las Hurdes, en las minas de Asturias, o en los secanos de Castilla que hicieron clamar a Rosalía:  ¡Castellanos de Castilla, / tratade ben ós gallegos, / cando van, van como rosas, / cando vén, vén como muertos!  Las clases sociales no se elegían, sino que venían determinadas por el azar caprichoso del lugar de nacimiento. No sólo fueron los caciques y las clases pudientes los que esclavizaron nuestra mano de obra. A menudo fue el labrador quien abusó del segador, porque la injusticia, por desgracia, no ha conocido de clases.

De lo expuesto podría deducirse que un servidor es de centro (centro-izquierda, centro-derecha, según el problema), como ha intentado serlo toda su vida. Pero, ahora, en el año 2011, cuando ha sufrido la inmensa “decepción PSOE”, como la están sufriendo todos los españoles no afiliados a ese partido, puede y debe proclamar a los cuatro vientos que se declara de derechas, católico y demócrata, y que luchará por sus ideales mientras le quede aliento.

© 2011 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 11 de julio de 2011

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