¿Acabaremos algún día con los tiranos?


Cuando uno ve lo bien organizados que están los equipos de fútbol y la dedicación absoluta de los “mister” a conseguir su progreso y sus triunfos, uno se pregunta por qué en política las cosas no pueden ser igual. Sin afán de parafrasear a Mourinho, uno se pregunta por qué el diabólico coronel Gadafi no podría parecerse al seleccionador Vicente del Bosque, o a cualquiera de los expertos, viejos atletas en su especialidad que con tanto acierto y sensatez dirigen el deporte nacional. ¿Por qué no?  Un servidor acaba de ver una foto del líder libio que asusta: lleva impresa la maldad en su mirada y en cada uno de los surcos de su repulsivo rostro. De verdad que da miedo contemplarla. Es, en las antípodas de la bondadosa imagen del citado profesional, la viva estampa del Maligno.
Interesado por conocer la biografía de este sanguinario sujeto que lleva la friolera de 42 años jodiendo a su pueblo, me he quedado atónito al constatar que a un golpista de esa calaña se le hayan dado tantas oportunidades, y tantas ayudas internacionales para poder hacerse con el poder absoluto en su país.  Como en tantos otros casos, Gadafi encarna al déspota ignorante, insano y depravado que, paradójicamente, Occidente ha criado a sus pechos. A lo largo de esas largas cuatro décadas, todos los dirigentes occidentales le han dado besos. E incluso alguno la manita. Y si profundizamos en la pesquisa, comprobamos pasmados que los mayores hideputas del planeta, desde el término de la II Guerra Mundial, han sido por largo tiempo los protegidos de esos gobiernos occidentales que primero actuaron de nodriza y después los armaron hasta las orejas. Menos mal que las grandes potencias coaligadas, desde la puesta en marcha hace nueve años de la Corte Penal Internacional, acaba ahora ahorcándolos tras olvidar, porque ahora aparentemente toca, que un día los amamantaron amorosamente y al otro desarrollaron con ellos una larga y vergonzosa amistad. Si la Justicia, por mucho que se escriba con mayúscula no estuviera trastocada, también Estados Unidos, Francia e Inglaterra (por no hablar de potencias menos influyentes) deberían ser juzgadas por ese alto tribunal como cómplices y encubridoras de las atrocidades cometidas por sus criaturas.  
Aunque he puesto como buen ejemplo el caso del mundo del fútbol, podría haberlo hecho con el ámbito de la empresa. Ninguna gran empresa – o muy pocas -se encontrará con la sorpresa de que uno de sus últimos fichajes para puestos directivos se queda con los dividendos de los accionistas. Disponen para evitarlo de esos exhaustivos test psicotécnicos que tornan transparentes los conocimientos, formación y personalidad del aspirante, cosa que un servidor sabe por experiencia desde su tierna juventud. Mas he aquí que en esa grandísima empresa que es todo un país, las medidas para evitar el expolio de los accionistas – los ciudadanos – brillan por su ausencia. Cualquier loco, o cualquier cafre ambicioso de poder y riqueza, puede hoy en día alcanzarlos en su grado máximo.
Algo habrá que hacer con esa ciencia política que de ciencia no tiene nada. En el mundo global al que tendemos, habría que controlar más y mejor la calidad humana de los nuevos líderes y su capacidad moral para organizar y dirigir nuevos Estados libres. Afortunadamente, las nuevas redes sociales contribuirán a ello. Ya lo están haciendo.

© 2011 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 5 de septiembre de 2011

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