Queridos amigos ateos:


Dicen que en España más del setenta por ciento de los ciudadanos somos católicos. De ser esto cierto, el resto se repartiría entre agnósticos, ateos y fieles de otras religiones. A los últimos, los que son de religión hebrea, musulmana o cualquier otra, me limito a desearles que practiquen ese bien que en todos los credos se distingue perfectamente del mal, ya que ello podrá procurarles la salvación, según el Concilio Ecuménico II; al igual que el cumplimiento de los diez mandamientos nos la procurará a los cristianos. Me parece justo ese acuerdo conciliar que somete al mismo juicio divino a los creyentes de las grandes religiones monoteístas y que obliga a los cristianos a respetar a toda persona de buena voluntad que profese ideas religiosas distintas y respete a su vez las nuestras. No puede haber duda entre ese bien y ese mal a los que me he referido, porque ya desde el Ormuz y el Arimán de los antiguos persas tales conceptos se reconocen hondamente arraigados en la conciencia del ser humano. De esa innata capacidad de distinción entre el bien y el mal, que se acrecienta con la formación de la persona en Humanidades cualquiera que sea su confesión religiosa, ha surgido esa solemne declaración universal que hemos dado en llamar Derechos Humanos. En cuanto a los agnósticos y ateos, a ellos van especialmente dirigidas estas líneas en la ocasión, así mismo especial para los católicos, de la próxima visita a España del Sumo Pontífice – máximo constructor de puentes – de nuestra Iglesia.
A algunos de ellos podría preguntarles por qué se afanan tanto en oponerse a esa visita que dos tercios largos de españoles esperan con ansiedad y agradecen a la Providencia. Querría peguntarles por qué se preocupan con tanto ahínco de los gastos que la importante visita ocasionará, omitiendo todo cálculo sobre los ingentes ingresos y beneficios, claramente superiores a esos gastos, que se derivarán de la estancia en Madrid de un millón y medio de jóvenes procedentes de otras provincias españolas y otros países, o de esa retransmisión televisiva de los actos que será captada, según todas las estimaciones, por doscientos millones de espectadores de los cinco continentes. Se olvidan estos amigos míos ateos de que hay una legión de españoles voluntarios que no facturarán un céntimo por dedicarse en cuerpo y alma a hacer de la visita del Papa un acontecimiento histórico, y por tanto memorable. Se olvidan de que el anciano Santo Padre viene a España a reunirse con la mejor juventud del mundo, la más solidaria y la que más podrá aportar, sin duda, a un mundo más justo y a un futuro mejor para esta Humanidad que hoy se halla en el mayor peligro. Olvidan que viene a visitarnos para hablarnos del bien, o sea, de la necesidad de que nos amemos los unos a los otros, de que no nos dejemos corromper ni en lo moral ni en lo económico. Viene, como saben muy bien ( y acaso sea esto lo que les irrita) a hablarnos de la importancia de la familia, del sagrado derecho a la vida, de la necesidad de una educación totalmente libre, de la lacra del materialismo, de la locura de las guerras y de tantas otras cosas que, para su infelicidad, la sociedad humana ha olvidado.
A mis amigos ateos, a esos a quienes tanto ofende la visita papal, habría que preguntarles de donde sacan su odio y cómo se lo explican a sí mismos de una forma racional, si es que alguna vez lo han intentado. Porque no parece lógico que los mismos que pretenden manifestarse contra esa visita de Su Santidad y abuchearle si les fuera posible, no mueven jamás un dedo para denunciar, por ejemplo, la vergonzosa posición de España como primer país consumidor mundial de cocaína, o las injustificables ventas realizadas por el Gobierno español de minas antipersonas y de un variado armamento que incrementa la posibilidad de conflictos bélicos entre países del Tercer Mundo. Al autor de estas líneas no le entra en el cacúmen que se pueda mantener ese odio contra una institución como la Iglesia Católica que es la que más labor humanitaria, asistencial y educativa realiza en el mundo. No le entra en la cabeza que pueda denostarse la altruista misión de un millón de voluntarios católicos españoles, o la de decenas de millares de religiosos que se esfuerzan, a menudo al precio de la propia vida, en dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, enseñar al que no sabe.., dando así cumplimiento a esas Obras de Misericordia que Jesús nos ordenó practicar.
¿Por qué esa mayoría de población que formamos los católicos – y no olvidemos que la mayoría es un grado en todo sistema democrático – tenemos que soportar tantos ataques de nuestros amigos ateos, incluso de nuestros gobernantes ateos, que ya es el colmo? No se dan cuenta, al parecer, de que nadie puede ganarle un pulso a Dios. Diríase que los miembros de IU, o del desgobierno socialista que padecemos, se creyeran perdurables en el tiempo, sin considerar que en unos años, aunque este articulista les desee de corazón larga vida, sus cuerpos biodegradables y el de un servidor de ustedes (que no las almas) estarán criando malvas; mientras que la Iglesia Católica, con las cíclicas persecuciones a las que ya viene acostumbrada, seguirá viva y coleante per secula seculorum. Amén.

© 2011 José Romagosa Gironella
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 15 de julio de 2011 -Especial con motivo de las Fiestas de La Pandorga

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