Elogio de mi vecino de arriba


La columna del pasado lunes de mi vecino de arriba, titulada “Lo confieso: fui funcionario”, es digna de leerse detenidamente y guardarse para posteriores lecturas. Es lo que he hecho al encartarla junto a la entrada “funcionario” en el tomo correspondiente de mi vetusto Salvat. Y no contento con esto, recomiendo que la lean (está en Internet, en “La Tribuna” digital del 5 de los corrientes) a cuantos no lo hayan hecho.
 
Don Domingo Luis Sánchez Miras, afectado, seguramente, por los injustos comentarios que se vierten sobre esa importante profesión, se maltrata a sí mismo al evocar su vida de funcionario. Yo mismo soy responsable de haber acusado sin matices a ese ochenta por ciento de universitarios que aspira a ser funcionario. Reconozco que habría hecho mejor lamentando simplemente que los estudiantes no contemplen un abanico más amplio de opciones. Olvidamos a menudo lo que él señala: que hay funcionarios buenos y malos, trabajadores y vagos. Y también que son estos profesionales – los buenos y trabajadores – los que permiten que el Estado siga funcionando, incluso en países sin gobierno que los dirija, como ha sucedido recientemente en Bélgica y, en otros tiempos pretéritos, en la mismísima Francia. 
 
Me ha impactado leer esa columna en la que su autor se despacha abriéndonos su corazón. Cuanto nos dice de sus años de estudiante, tan duros y difíciles por razones económicas, me ha hecho sentirme mal, casi avergonzado, ya que un servidor, en esto, fue un privilegiado. No tuve que sacarme la carrera de Derecho mientras trabajaba, como él fue capaz de conseguir, ni me vi forzado a currarme mil y una oposiciones. Su vida profesional, preñada de enormes esfuerzos que apenas le proporcionaban modestas promociones, me ha parecido una apasionante aventura. Y creo que la amargura que su artículo destila, no es justo que la sienta. Y aún menos que ahora, ya jubilado como yo, escriba esa barbaridad de que (sic) “he pasado cuarenta y dos años de mi vida siendo un parásito en el trabajo”. O esa otra de que “he sido un peso muerto”.
 
No abrigo la menor duda de que mi vecino tiene más que sobradas razones para sentirse orgulloso de su larga carrera como maestro, y después como funcionario del Estado. Una persona capaz de hablarnos de su vida como él ha hecho, forzosamente tiene que haber dejado profunda huella en infinidad de alumnos y en los cargos oficiales que le cupo más tarde desempeñar. Yo ya tuve este pálpito el día en que le conocí (a pesar de que ya entonces nuestras posturas solían ser discrepantes), y ésta debe de ser la razón de que cuando nos reunimos una vez al año, en el almuerzo que el director de este diario ofrece a sus colaboradores, yo tome asiento a su lado y disfrute de su conversación. Se ha convertido en una costumbre, me gustaría pensar que compartida. Pero lo más sorprendente es que la reflexión de mi vecino, esta vez, me ha convertido en su amigo. Y hoy le deseo que Dios, que siempre escribe derecho con esa caligrafía típica que a menudo no entendemos, siga guiándole por la vida con la palma de Su mano. Y aprovecho que el Pisuerga va a pasar por Belén, para desear lo mismo a mis sufridos lectores.
 
© 2011 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 12 de diciembre  de 2011
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