“Navegando en una nave invertida”


Leí esta frase hace años, pero no recuerdo donde. Era la historia de un barco que había volcado a causa de una tempestad y de una tripulación exageradamente inepta. Aunque esto es todo lo que puedo recordar, la imagen de aquella embarcación con la quilla al aire ha venido siendo tema recurrente de mis pesadillas nocturnas. O puede que sea la secuela de un accidente sufrido en mi juventud cuando, tentando imprudentemente la suerte en un cascarón fueraborda, tomé el mar de Galicia por el lago de Bañolas. Sea lo que fuere, la impresionante visión de aquel barco zozobrado, que acaso me dejó grabada alguna novela de Salgari, me asalta ahora en pleno día, en cada telediario, como un fenómeno reflejo de la deriva que lleva España.
A lo largo de ocho años, la nave en la que los españoles viajábamos ha sido objeto de toda clase de tropelías. Se han burlado las leyes que nos habíamos dado para garantizar su correcta navegación, y promulgado otras que han venido a favorecer todo lo contrario. España, la gran nave europea que señoreó los mares y compiló el primer código de derecho marítimo – el Consulado del Mar -,  ha sido durante este tiempo la más errática de cuantas han surcado el océano: sin un marino experto en el puente de mando, sin un timonel de fiar al gobernalle, e incumpliendo sistemáticamente las leyes que hace siglos inventara.
Su capitán, obcecado en defender prioridades bastardas, fue incapaz de velar por la buena gestión de fletes y pasajes, y el mantenimiento y mejora del formidable navío confiado a su mando. Se preocupaba más de invitar a cenar a bordo a sus homólogos del petrolero “Venezuela”, o  del buque-cárcel “Cuba”, que de prestar cortés atención a otros comandantes de muy superior valía y peso internacional a los que, finalmente, tuvo que rendir pleitesía. No quiso escuchar a los prácticos que le acusaban de ordenar maniobras nefastas. Tampoco escuchó a los meteorólogos que le anunciaban mar gruesa, o arbolada, ni siquiera cuando el tifón, inmisericorde, empezó a cebarse con el barco.
“¡No pasa nada!” – repetía el capitán, cantando alegre en la popa – “¡El España sigue siendo el mejor barco del mundo!”. Sólo le faltó añadir la blasfemia “¡A este barco no lo hunde ni Dios!”, del capitán del Titanic. Pero la tempestad llegó y, mientras la orquesta interpretaba su consabido programa de allegros vivaces, puso al barco panza arriba y lo envió a dique seco.
El nuevo capitán ha jurado reparar las averías y hacerse de nuevo a la mar en la confianza de volver a registrar travesías felices en su cuaderno de Bitácora. Y, entretanto, el capitán defenestrado, y sus adláteres, maquinan cómo impedírselo. En lugar de intentar regenerarse, se afanan poniendo trabas al nuevo patrón de la nave en su noble y desesperado esfuerzo por salvarla. ¿Alguien esperaba otra cosa? Como pedimos los marinos en la Salve Marinera, quiera Dios que soplen serenas las brisas… Pero, conociendo el paño – que es tela marinera – se me hace mucho pedir.
© 2012 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 16 de enero de 2012
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