La conversión de Fidel Castro


Estos días de Semana Santa, y los precedentes, parecen ayudarnos a pensar en lo verdaderamente importante. Algunos canales de radio y televisión, y la misma prensa escrita, dedican más espacio a recordarnos nuestra condición de cristianos. Proliferan las películas biográficas sobre los papas Juan XXIII y Juan Pablo II; sobre la Pasión y Muerte de Jesús; y sobre el ejemplar paso por el mundo de diversos cristianos que dieron testimonio de su Fe, a menudo al precio de la propia vida. Debemos de ser muchos los creyentes que aprovechamos de estos días, y de sus sagradas conmemoraciones – procesiones, salida de pasos y cofradías de los templos, sermones y homilías – para interrumpir nuestra forma de vida egoísta y material y volver a tomar contacto con los fundamentos de lo que en verdad somos.
Una de las promesas que siempre se nos hace a los cristianos, es la de “pedid y se os dará”. Ahora bien, muchos miembros de la Iglesia sólo pedimos para nosotros, para nuestros seres queridos más próximos, para la mejora de nuestra condición económica o salud física. Y un servidor piensa que así no podemos ser escuchados (aunque puede ocurrir también); porque nuestros ruegos son egoístas. Seguramente deberíamos pedir más por los demás, por los que sufren más que nosotros, por los que no disponen de nada; antes de atrevernos a pedir por nosotros. No quiero parecer un orate, porque no lo soy, pero tengo el pálpito de que la oración – incluso la de esas congregaciones de clausura que se dedican primordialmente a orar – ha de haber tenido su incidencia en los grandes cambios positivos que el mundo ha experimentado en las últimas décadas; verbigracia, la caída del muro, el desmoronamiento de la dictadura comunista en Europa del Este, el acceso de infinidad de jóvenes al voluntariado cristiano, etcétera.
El buen ejemplo y la práctica de esa caridad cristiana que las izquierdas llaman “solidaridad”, han sido también determinantes de muchos cambios de la sociedad, porque son, de hecho, una forma de rezar. La madre Teresa de Calcuta y sus discípulas en los cinco continentes; la increíble organización Caritas de la Iglesia Católica, y una legión de instituciones auténticamente abnegadas que llevan la Cruz por el mundo – y la llevan cargándola a su espalda – constituyen la mejor avanzadilla de esa Fe, fundada en el amor, que puede salvar al mundo.
Siguiendo con esta reflexión, y con el recuerdo, sobre todo, de que fue Juan Pablo II quien consiguió el mayor cambio del mundo en nuestro tiempo (a partir de su histórica y arriesgada visita a su patria natal, la entonces comunista Polonia), invito a mis lectores (que algunos tengo) a pedir por algo por lo que me tildarán de loco, o cuanto menos de iluso, y que un servidor se compromete a pedir. Y es que lo que yo me pido, o me comprometo a pedir a partir de esta Semana de Pasión, no es otra cosa que la conversión del dictador Fidel Castro. Ya son dos los papas viajeros que han visitado Cuba y han recibido las atenciones, facilidades y muestras de profundo respeto del líder comunista. Y yo me barrunto que ésta sería la mejor noticia (aunque no para Lara, Rubalcaba o LLamazares, por supuesto), y una de las más trascendentales del siglo ¿Se me apuntan ustedes? 
 
© 2012 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 2 de abril  de 2012
 
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