Memorias de África


Mi amigo Federico Valero suele mandarme “power points”, de esos que merecen ser abiertos y saboreados. Uno de ellos me ha agradado especialmente, pues contiene una síntesis biográfica de la joven somalí Waris Dirie que, por azares del destino, pasó de pastorear el rebaño de su familia nómada a ser una de las modelos más cotizadas en nuestro mundo blanco; amén de embajadora en África de la UNESCO.
El citado “power point”, además de recordarme lo que ya había leído años atrás en Flor del desierto (primer libro escrito por Waris Dirie, allá por 1997) sobre la extirpación del clítoris y de los labios menores de la vagina que tuvo que sufrir en su infancia, han traído a mi memoria un viaje que realicé hace años por el África occidental exfrancesa, a bordo de un vetusto Jeep. Me han devuelto de pronto el recuerdo de un alto en el desierto mauritano, en un lugar desolado en el que había divisado unas jaimas. Me encontré allí con un grupo de familias nómadas que vivían exclusivamente de la poca carne y la escasa leche producidas por un rebaño de cabras y cuatro camellas, y de los huevos que les proporcionaba un puñado de gallinas.
Fui testigo, por enésima vez en mi viaje, de la extrema hospitalidad que los desheredados de África ofrecen al viajero. Aún puedo recordar el delicioso sabor del té de ritual que me ofrecieron al llegar, bajo el fresco resguardo de una de aquellas tiendas: nada que envidiar al té con menta, a doce euros la taza, del piano bar del lujoso hotel La Mamounia,  que semanas antes había degustado en Marrakesh, Y, al llegar la  noche (porque no me dejaron marchar hasta la mañana siguiente), un exquisito caldo de gallina  aux fines herbes, clara herencia de un pasado colonial en la inmensa soledad del desierto. Pero el obsequio más sorprendente fue el que pretendió ofrecerme un anciano de la tribu, de aspecto bíblico, que apareció en la jaima al caer la noche. Venía acompañado de su esposa, casi tan vieja como él, y me lanzó titubeando la pregunta de si me apetecería “yacer” con ella. Al contestarle que no, me esforcé en mostrarle mi agradecimiento para no ofenderles, mientras otra de las mujeres presentes me susurraba al oído:  “pas d´árgent, monsieur”. Tratábase de un ofrecimiento gratuito. Luego supe que la edad de aquellos “ancianos” no alcanzaba los cuarenta. Caso normal en un país en el que la esperanza de vida expira a los cincuenta.
Toda mi vida recordaré este episodio como muestra del extremo inaudito al que puede llegar la hospitalidad de los más pobres de la Tierra. Otro día les contaré que, al anochecer, tuve que salir de la tienda para “llamar por teléfono” (ya ustedes me entienden), y, cuando volví a entrar, un chiquillo (al que había hecho feliz una de mis botellas azules de “Solán de Cabras”), estaba hablando con su madre en dialecto mauritano. La buena mujer me tradujo, entre risas, que el crío quería saber si la c… de los blancos también era de este color. Perdonen , pero son mis memorias de África.
© 2012 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 23 de abril  de 2012
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