La Madre de Dios cervantina


Las ciudadrealeñas fiestas en honor de Nuestra Señora del Prado vuelven a brindarnos ocasión de recordar al gran escritor, manchego por merecimientos, que tantas veces quiso honrarla en su extensa obra literaria. La llamó “Nuestra Señora”, “Santa María”, “Madre de Dios”, y también “Lela Marién” en esa lengua arábiga que largos años de cautiverio le permitieron dominar. También la conquense “Virgen de Rus” se halla presente en el “Quijote”; obra cumbre de Cervantes que nos ofrece la fórmula para construir un mundo más justo, esto es: la preocupación por los más débiles, la defensa del amor, la libertad y la justicia. Es el gran mensaje de Cervantes a la sociedad positivista; al capitalismo desaforado de esta nueva edad de piedra, ebria de tecnología, que no alcanza a comprender la simplicísima verdad de que en la ayuda al desarrollo de los pueblos más pobres de la tierra se esconde su futuro.
 
 Es igualmente interesante advertir que los conceptos cristianos que brotan con fluidez del madurado espíritu del Autor, vienen a ser tan universalmente aceptados, a fuer de irrefutables, que ningún otro credo o cultura ha osado alzarse en alambrada ante la formidable expansión de una obra que se muestra a un tiempo ecuménica y revolucionaria. Ni aun aquellos regímenes que han propugnado el ateísmo, han puesto jamás traba alguna a la serena difusión de una obra que, cual bálsamo perfecto, carece de contraindicaciones.
 
Un gran actor anglosajón declaraba hace algún tiempo que el “Quijote” es el mejor regalo que España ha hecho al mundo. Manifestaciones como ésta deberían henchirnos de orgullo, máxime si las sumamos a mil encendidos elogios que las mentes más esclarecidas han venido dedicando a la inmortal novela a lo largo de cuatro siglos. No en vano la vemos hoy elevada, por sufragio universal, a un primerísimo lugar entre todas las obras que se han escrito, después de la Biblia. No obstante, son muy pocos los españoles que se han preocupado de leer el “Quijote” y demasiados los que por desconocer tan magna obra, la menosprecian; por no citar a quienes la leyeron pero no alcanzaron a comprenderla, ni se percataron de que el “Quijote” es también una suerte de “biblia”; pues no hay enseñanza posible que no halle su asiento en uno u otro pasaje de la obra, o parcela del humano proceder que no se glose en ella, a menudo con la agudeza de esa nueva forma de humor que Cervantes supo inventar. No es solamente el “Quijote” la obra adelantada de un modo de narrar, ni el texto cimero de la literatura universal: es, sobre todo, el más convincente tratado de Ética y de Moral. y si alcanza a serlo, débelo sin duda a la extraordinaria calidad humana de su autor -cuya biografía anticipa, en buena parte, la de su más célebre personaje -y a las hondas convicciones religiosas que aquél abrigaba.
El hispanista Havelock Ellis corrobora esta evidencia al descubrir en el “Quijote” una “autobiografía espiritual”, y aun es más conciso René Moreau al afirmar que “don Quijote es Cervantes”. Ni siquiera el paso del tiempo o los cambios en las costumbres han logrado restar vigencia a uno solo de los discursos, coloquios, consejas o arrebatos verbales de don Quijote que leemos hoy en la obra inmarcesible, los cuales están preñados de la idea de Dios. A lo largo de toda la novela constatamos la presencia de la palabra divina en el verbo humano de Cervantes y en las pláticas y ocurrencias del genial caballero atípico, usado como “alter ego”, o testaferro.

Así, leemos en el discurso que pronuncia don Quijote sobre las armas y las letras, que “…las primeras buenas nuevas que tuvo el mundo, y tuvieron los hombres, fueron las que dieron los Ángeles, la noche que fue nuestro día, cuando cantaron a los aires: Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad; y la salutación, que el mejor maestro del cielo y de la tierra enseñó a sus allegados, y favorecidos, fue decirles que cuando entraran en alguna casa, dijesen: Paz sea en esta casa. Y otras muchas veces les dijo: Mi paz os doy, mi paz os dejo, paz sea con vosotros; Bien como joya, y prenda dada, y dejada de tal mano, joya que sin ella en la tierra, ni en el cielo, puede haber bien alguno

“Palabra de Dios”, decimos en la Misa tras escuchar las sagradas lecturas, como queriendo recalcar que no hay otra palabra que esté por encima de la de origen divino; pero luego, en saliendo del templo, nos olvidamos de aquélla y obramos como si jamás la hubiésemos escuchado. Mas he aquí que Cervantes, que no es precisamente un orate, sino hombre de su tiempo, con su bagaje de defectos y virtudes, tiene entre estas últimas la de no olvidarse ni un momento del Verbo.
 
De ahí que su gran novela contenga un mensaje ético-religioso de tal calado que la hace trascender el ámbito natural de las obras humanas, convirtiéndola en obra eterna, como si en su autor se verificara la promesa de Jesús: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva“. Don Miguel, que tampoco fue un pacato, viene a declarar, pluma y corazón en mano, que espera y confía en Dios; pero que al mismo tiempo le teme, con un temor cristiano -hoy periclitado- que no es miedo sino expresión de un sobrecogimiento cósmico ante la infinitud del Ser Supremo. “Spero lucem post tenebras”, reza el lema del escudo de la portada del “Quijote”, e incontables veces se apela en la novela -¡curiosa novela, en verdad! – a la misericordia , la voluntad o la gracia de un Dios próvido y clemente.
 
¡Que gran producción cinematográfica, jamás rodada, sería aquella que alcanzara a contar fielmente la apasionante historia de ese Manco de Lepanto en quien, como acertara a señalar Walter Starkie, encontramos a la verdadera España! La idea de Dios constituye un “leit motiv” en el “Quijote” y es precisamente esta presencia pertinaz la que confiere a la obra, cual anticipo de esa luz ansiada, su halo sobrehumano. No precisa Cervantes “bajar a Italia”, como Goethe, para encontrar la luz, porque la descubre en su entusiasmo interior (“enthusía”, inspiración divina). Sorprende, por tanto, que seamos tan remisos en reconocerlo, como si por alguna razón o prejuicio mundano los cristianos temiésemos que alguien pudiera reírse en nuestras barbas por buscarle tres pies al gato; o que algún escritor clarividente, pongamos Rabinad, nos tilde de “demodés” por no haber comprendido, ¡ a estas alturas del siglo XXI!, que el componente moral sobra en toda novela.
 
¿Es acaso extravagante constatar la evidencia de que el “Quijote” no es tan solo un hecho estético, como algunos creen, sino que nos brinda de añadidura las claves y los argumentos mejor traídos para justipreciar toda suerte de conductas y situaciones? “Lo que nos muestra el “Quijote” -ha observado el autor José Carlos Somoza -”se parece tanto a nuestra propia vida como la mano izquierda a la derecha”. Pero su virtud más sorprendente es esa fuerza misteriosa que nos transmite para huir de lo mezquino y convencional.
 
Todo y con esto, no puede dejar de admiramos esta amabilidad del “Quijote” en cualquier región del mundo, hasta en feudos de otras creencias, considerando la rotundidad sin ambages de su discurso cristiano. Bien al contrario de su ilustre coetáneo William Shakespeare, considerado como el menos moral de los escritores (“the least moral of writers”, en juicio de Philip Krapp) por no haber sentido la necesidad de proclamar lección moral alguna, Cervantes hace del “Quijote” un manantial inagotable de ideas edificantes.
 
Expresa don Miguel sus más íntimas creencias cada vez que sus personajes se ven, por ejemplo, en la necesidad de reforzar un aserto, como cuando pone en boca de ellos las exclamaciones “por el Dios que crióme. ..”, “por el Dios que nos rige. ..” y tantas otras de este tenor .
 
Su fe en el Ser que todo lo puede está presente, así mismo, en otro centenar de fórmulas pronunciadas en variedad de circunstancias en las que sus personajes impetran la ayuda divina. Todo lector atento del “Quijote” habrá de observar que tales expresiones distan de ser meras frases inertes o añadidos léxicos de los que el autor hubiera podido prescindir, pues nos delatan una clara voluntad de ir destilando grandes conceptos doctrinales a lo largo del texto. Podríamos aventurar que tales conceptos, al igual que ocurre con la profusión de sentencias y refranes que el Autor pone en boca de Sancho, forman parte inseparable del guión. como si don Miguel se hubiera propuesto regalarnos sabiduría por partida doble, para asegurarse de que todos, creyentes o no, la aprehendiésemos y pudiéramos aprovecharla.
 
Tan claramente se explica en el “Quijote” la bondad del mensaje de Cristo, y tan universal se muestra, que aun el lector más agnóstico podría llegar a convenir, con Voltaire, que si Dios no existiera habría que inventarlo.
 
Aquel ex alumno de López de Hoyos, que habría de ser soldado y hombre de acción antes que escritor, debió
de ahondar en la idea de Dios a través de las vicisitudes sin cuento que le cupo vivir, en especial durante su largo cautiverio en los baños de Argel y en otras ocasiones en las que tuvo que verse privado de la libertad; y, ¿por qué no?, tal vez movido por la pesadumbre de saberse juzgado en su tiempo, según Santos Oliver, como una de las personas menos importantes de la nación.
 
¿Por qué no pensar que su tardía explosión de genio, la que parece surgir milagrosamente en el “Quijote”, fue acaso la justa recompensa de lo Alto -de donde emana el don genial -por la probidad de sus intenciones cuando aun bullía en su mente el boceto de aquel libro destinado a ser el mejor obsequio de España a la Humanidad? ¿o quizás el premio por humillarse a declarar que su “estéril y mal cultivado ingenio” le había privado de componer el libro soñado: uno que “fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse” ?
 
Naturalmente que somos los lectores cristianos los más proclives a descubrir componentes de nuestra propia doctrina en la gran novela, y podrán acusarnos de subjetividad en nuestros juicios. ¿Cómo no ser subjetivos, si somos sujetos? , apostillaría Unamuno. y como tales sujetos (la entera tipología humana de nuestro país muéstrase en el “Quijote”) creemos firmemente que aquel alcalaíno que llega a componer ese libro de sus sueños, ha querido condensar en él todos sus pensamientos de cristiano viejo; y en su afán de transmitírnoslos colmados llega al punto de no olvidarse siquiera del Maligno en el tintero. No ceja don Miguel de aconsejarnos que estemos alerta a sus asechanzas, incluso cuando venga de tapujo, o no hieda a piedra azufre: “Si a ti te parece, que ese demonio, que dices, huele a ámbar, o tu te engañas, o él quiere engañarte con hacer que no le tengas por demonio”, advierte don Quijote a su escudero, casi iterando la segunda Epístola de Pablo a los Corintios (“Satanás se disfraza de ángel de luz”).
 
Valoramos en la novela que cuando Cervantes-Quijote habla, lo hace siempre con el humanismo del derviche, con la benevolencia del viejo pecador apaciguado, y la sabiduría de un nuevo Ulises felizmente arribado a Ítaca.
Mal podría prever don Miguel que gran parte de la sociedad española acabaría pagándole con mezquindad su apoteósico y universal suceso, desdeñando la lectura de su incomparable obra. Lejos debió hallarse de intuir, así mismo, hasta qué punto habrían de cebarse en su persona envidiosos sin número, o de sospechar que todo un Lope de Vega, Fénix de los Ingenios para más agravio, llegaría a ensañarse con él y con su “Quijote” aun antes de publicarse oficialmente la primera edición de la obra (“no hay poeta tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote”, dejaría escrito en carta autógrafa). Luego aparecería el Quijote apócrifo, de aviesa y calculada intención, pero que – ¡ ironías del destino ! -serviría en cambio para provocar el alumbramiento de la auténtica “Segunda Parte del Ingenioso Cavallero Don Quixote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra, autor de su Primera Parte”, la cual jamás habría sido compuesta de no mediar el “Avellaneda”. y quiso el destino que aquella Segunda Parte pudiese ver la luz poco antes de que el bueno de don Miguel, puesto ya el pie en el estribo, se dispusiera a emprender su ultimo y definitivo viaje.
 
Son estas fechas señaladas, amén de las navideñas, las más apropiadas para elevar nuestro agradecido recuerdo a ese español singular e irrepetible que, tras depararnos placer, enseñanzas y honra a espuertas, supo transmitirnos su confortadora idea de lo trascendente.
 
© 2012 José Romagosa Gironella
Especial Fiestas de la Virgen del Prado
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 15 de agosto de 2012
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