La pérdida del temor


Todos sabemos de países que combaten la delincuencia con la amenaza de la pena capital, o de terribles castigos y mutilaciones corporales. Así ocurría en nuestra tierra, y concretamente en Ciudad Real, Toledo y Talavera – y “dentro de treinta leguas en contorno de dichas capitales” – en tiempos de la Santa Hermandad Real y Vieja, que arrancó en el siglo XII (reinando en Castilla Alfonso VIII, el de las Navas); fue convertida en Santa Hermandad Nueva por los Reyes Católicos, y se disolvió en 1835. Siete siglos, nada menos, en los que, como decimos vulgarmente, el que la hacía la pagaba. ¡Y vaya si la pagaba!
Basta leer las Ordenanzas de 1792, por las que se regía la Santa Hermandad Nueva en su última etapa, para conocer las terribles penas que aguardaban a los criminales y bandidos que caían presos de los cuadrilleros. Los pétreos muros de la cárcel de la Institución, que en Ciudad Real se levantaba frente a la Iglesia de San Pedro (hasta que un edil iluminado decidiera edificar en su lugar el horrible edificio de la Delegación de Hacienda), guardaba el secreto de los mil tormentos y sufrimientos de que fueron objeto los “golfines” (bandidos y delincuentes de la época) y demás burladores de la Ley cuando venían apresados. No logró aquella fuerza policial – predecesora de hecho de nuestra Benemérita de hoy – erradicar el crimen ni el delito, pero si reducirlo significativamente. El temor que despertaba entre los maleantes su mera presencia en los campos, venía equiparado a la tranquilidad que tal presencia generaba entre los ciudadanos de bien.

A un servidor, que habita a un millar de varas del cerro llamado “de los palos”, o “de las horcas”, (cito las mencionadas Ordenanzas) “en el sitio de Peralvillo, territorio de la Villa de Miguelturra”, le ha intrigado sobremanera la larga y macabra historia de ese patíbulo, mencionado por cierto en el “Quijote”, en el que la Santa Hermandad procedió a ejecutar a los reos durante casi siete siglos. Era tal el rigor que la Institución usaba en el ejercicio de sus deberes (perseguir y detener, juzgar y ejecutar las sentencias), que al carcelero que dejaba escapar a un preso se le aplicaba la misma pena del reo; y el ciudadano, o pariente del ajusticiado que descolgara su cuerpo de la horca, venía condenado a la pena capital, por impedir con su piadosa acción que la exhibición de sus restos en tan estratégico lugar, junto al camino real de Córdoba a Toledo (también llamado localmente “camino de Peralvillo”), cumpliera su cometido ejemplar.

En épocas como la actual, en la que criminales y chorizos  son detenidos con todo tipo de contemplaciones, residen en cárceles que son auténticos hoteles, y la tortura y la pena capital – afortunadamente – están prohibidas, incluso contra asesinos reincidentes; la historia que les he contado puede servirnos para reflexionar sobre las consecuencias de que el ser humano haya perdido, amén de su temor a Dios, aquel temor ancestral a la justicia de los hombres.

© 2012 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 1 de octubre de 2012

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