El catalán que colonizó California


Mucha tinta se ha vertido sobre la “injusta marginación de Cataluña” en la conquista y colonización de América. Para que los defensores de esta tesis pudieran mantener su queja, han venido silenciándose numerosos hechos históricos que claramente la contradicen. Tal es el caso de don Gaspar de Portolá i Rovira, nacido en Balaguer (Lérida) en el año 1717, que sería más tarde el colonizador y primer gobernador español de California. Y también el caso de la “Compañía Franca de Voluntarios de Cataluña”, cuerpo expedicionario catalán participante en el vasto programa de fundación de misiones y ciudades – de San Diego y San Francisco, entre otras – en aquellas lejanas tierras. En su libro sobre Gaspar de Portolá, editado en 1970 por el Instituto de Estudios Ilerdenses, el historiador Fernando Boneu Companys nos habla de los gritos “¡Viva la Fe!” y “¡Viva el Rey” que aquellos catalanes lanzaban al aire cada vez que tomaban posesión de una nueva tierra en nombre de la corona de España. Y el libro, que incluye un minucioso diario de aquella gesta, está preñado de apellidos catalanes. También el mallorquín Fray Junípero Serra está presente en prácticamente todos los capítulos de la Obra, al igual que gran número de religiosos catalanes de la Compañía de Jesús. No puede este columnista tratar en tan breve espacio de la importante participación catalana en la común empresa americana, pero baste con señalar que esa región española no sólo tiene en su haber a un Gaspar de Portolá, como un servidor acaba de recordar (porque los catalanes parecen haberlo olvidado), sino una legión de soldados, clérigos, juristas, cartógrafos, urbanistas y profesionales distinguidos en todas las artes y oficios. Si Cataluña, evidentemente, estuvo más presente en las gestas mediterráneas, e incluso en las de España en Filipinas, que en las de allende el Atlántico, ello no justifica el crónico coñazo de algunos catalanes sobre su pretendida “exclusión” de la epopeya americana. De otro lado, y por más que se nos repita aquello de “tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”, es un hecho que en las decisiones de la real pareja pesó más la voluntad de la reina castellana, por ser ésta más fuerte de carácter, que la del buenazo de su esposo aragonés. En cualquier caso, no se puede responsabilizar a España, y menos con tantos siglos de retraso, de la ausencia de otro tipo de consenso conyugal en la política ultramarina de Sus Majestades Católicas.  En otro orden de cosas, de cada diez libros que se enviaban al Nuevo Mundo en tiempos del Descubrimiento y Conquista de América, cinco o seis estaban impresos en Cataluña, figurando habitualmente entre ellos el “Tirant lo Blanc”, del valenciano Joanot Martorell, el catalanísimo “Consulat del Mar”, y más de una “Gramática Castellana” de Nebrija, impresa en Barcelona. Eran los siglos dichosos en los que el “Quijote” de Cervantes, y las obras de Lope y Calderón encandilaban a los catalanes. Tiempos y modos que inspiraron a Cervantes el mejor elogio que un Príncipe de las Letras ha podido dedicar a un pueblo (sic): “Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades”. Este escribidor se pregunta si Don Miguel suscribiría su requiebro en estos oscuros tiempos de Divergencia i Desunió.

Publicado en “La Tribuna”, el 15-10-2012

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