El huertito, los abuelos y la chapuza salvadora


Años ha, con veintiún abriles, me ví de pronto regentando una mediana industria familiar. Recuerdo una inspección de Hacienda en la que el funcionario de turno, ante una taza de café, me retó a que le confesara la cifra real de facturación de la empresa. Eran épocas en las que la doble contabilidad era práctica obligada por las penurias de una reciente posguerra; hábito que impedía a los inspectores descubrir hasta qué punto el contribuyente se “defendía”. Tras facilitarle una cifra algo distante de la realidad, de lasd  me aconsejó, casi hablándome al oído, no declarar más de un 40 por ciento de lass ventas sujetass al impuesto, dado que de declarar más (cosa que la Inspección  no se creería) el acta que se levantara agravaría a mi empresa injustamente. El impuesto se llamaba entonces de Usos y Consumos, predecesor del célebre ITE que estuvo en vigor en España hasta 1985.   Viene esta historia a colación de la astronómica cifra de evasión fiscal que hoy asciende en nuestro país, según fuentes autorizadas, a 107 mil millones de dólares. Cifra ésta que, de cobrarse, permitiría al señor de Guindos olvidarse de los recortes y limitarse a promocionar políticas de crecimiento económico. Todos sabemos que la actual política de manga ancha que, como en época del franquismo, permite a los ciudadanos respirar un poco en una coyuntura asfixiante, ha fomentado el aumento de la economía sumergida hasta extremos exagerados. También es cierto, de otro lado, que la situación del país ya no permite el mantenimiento del costoso ejército de inspectores que España necesitaría.  Reconocido esto, es forzoso presumir que sin esa economía sumergida, y subsiguiente fraude del IVA, España no estaría soportando, como vemos que soporta, los efectos de la crisis económica más grave que hemos padecido y una cota de desempleo que se acerca a los seis millones de personas. Es evidente que eso que damos en llamar paz social no habría podido mantenerse sin esos ciudadanoos en el paro que siguen generando ingresos clandestinamente, sea gracias a ese huerto a cuyo cultivo se dedican, sea merced a la ayuda que reciben de sus familiares pensionistas, sea por obra y gracia de las chapuzas que realizan para clientes particulares; actividades todas estas, y otras que no menciono, que eluden el pago del IVA. Es paradójico que se hable de la posinilidad de aumentar el tipo del impuesto, cuando es diez veces superior el importe que deja de recaudarse por trabajos no declarados. Sin esas ayudas extra que el españolito apañado sabe agenciarse como nadie, no asistiríamos al sinsentido de que en el epicentro de la crisis se produzcan, cada “puente”, seis millones de desplazamientos por carretera, es decir, 18 millones de ciudadanos oreándose por España o por el extranjero. Sin las lechugas del huertito, los huevos del gallinero, los siempre próvidos abuelos-canguro y esa providencial obrita en la casa del vecino, estaríamos inmersos en otra guerra civil. Que Dios permita este alivio, mientras las cosas no mejoren.

Publicado en “La Tribuna”, el 4-06-2012

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